Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao

“Si te sientes un pobre desgraciao / si te duele la vida o te han dejao tirao / la sangre de tu tristeza será el perrito fiel / que mantendrá con firmeza tu nombre en el cartel…” La sangre de tu tristeza (J. Urrutia, F. Presas, E. R. Clavo, E. Hirschfeld), del álbum Camino Soria (EMI, 1987)

“Adiós, mi amor, bye bye bye / No dejo huellas ni ilusiones, ni una sola amistad / Me voy sabiendo que nadie me va a añorar…” Nadie me va a añorar (J. Urrutia, F. Presas, E. R. Clavo), del álbum Subid la música (Get, 1998)

 

Jaime Urrutia (voz y guitarra), Edi Clavo (batería) y Ferni Presas (bajo) formaron una banda de nombre recordado, reconocido  y respetado; pero con un legado musical cuya profundidad quizá haya quedado algo incomprendida (desapercibida incluso), víctima de las mismas etiquetas y clichés (en parte propiciados por ellos mismos) que les dieron fama. La referencia a la cumbre del cine expresionista alemán Das Cabinet des Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920) y la riqueza de sus influencias que abarcaban desde Gene Vincent a Joy Division, anticipaban que Gabinete Caligari no iban a optar por el camino fácil. Conocieron el triunfo y la fama pero también las consecuencias del mainstream devorador. La displicencia con la que los medios acogieron sus últimos trabajos finiquitaron la trayectoria del grupo en 1998.

Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: Camino Soria (remaster 2018)

El año pasado Camino Soria cumplió 30 años. En 1987 supuso para Gabinete Caligari la entrada por la puerta grande de una multinacional y su momento de mayor reconocimiento y mejores ventas. Pero también fijó la marca de un listón que la propia industria no les habría de permitir superar. Con Camino Soria podría decirse que el proyecto de Gabinete Caligari empezaba a morir de éxito.

Acaba de ver la luz una reedición conmemorativa de tan imponente aniversario, con un nuevo remaster de Jesús N. Gómez que ya se hizo cargo de la producción original del álbum en 1987. Y las nueve canciones que componen el mítico “álbum blanco” de Gabinete Caligari parecen aún más brillantes (si cabe) de lo que siempre han sido. Completa el conjunto un libreto de 45 páginas (de portada completamente blanca y vacía que tributa al concepto del álbum), con textos de dos de los miembros del trío (Jaime Urrutia y Edi Clavo), David Ruiz (pianista y arreglista), José Mª Sanz “Loquillo” (que no necesita presentación), Pablo Sycet Torres (responsable del diseño gráfico del álbum) y de Alberto García-Alix, artista de la fotografía que captó la esencia de Camino Soria a través de su objetivo en la Alameda del Duero, en la senda a San Saturio o en el puente del ferrocarril.

Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: remaster 2018 de Camino Soria.
Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: slipcase con adhesivo, contracarátula de díptico de créditos, libreto de 45 páginas y CD de la reedición con remaster 2018 de Camino Soria.
Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: slipcase con adhesivo, contracarátula de díptico de créditos, libreto de 45 páginas y CD de la reedición con remaster 2018 de Camino Soria.

Especialmente una fotografía sintetiza el concepto del álbum, tanto que se convirtió en protagonista de la contraportada: una vieja maleta de cuero que portaba el trío para reforzar el sentido del viaje en busca de la reflexión, de la cura del desamor en soledad, de la comprensión del desengaño. Del mensaje, al fin y al cabo, de Camino Soria. Contenía unas zapatillas gastadas, carteles castigados de una sala de fiestas mallorquina y una parpusa medio desfondada de La Favorita, en la Plaza Mayor de Madrid. En el texto que acompaña la reedición de Camino Soria Edi Clavo la llama, aludiendo a la letra de La sangre de tu tristeza, “la maleta del desgraciao“.

Ese equipaje acompañó a Gabinete Caligari en su ascenso a la cumbre, pero también en la posterior travesía por el desierto. De hecho el equipaje del desgraciao está presente, en mayor o menor medida, en todos los álbumes del grupo, del primero al último. Porque aunque en sus trabajos hay sitio para visiones más amables del mundo y la vida, para el optimismo y la fortuna del amor, siempre tuvieron un hueco en la trasera de la furgoneta para esa maleta que reunía los infortunios, los pesares, y la desdicha de algún pobre e incomprendido desgraciao.

Alguien tenía que hacerle sitio, y fueron Gabinete Caligari quienes lo acogieron: al sumiso caprichoso de Golpes, al soldado envilecido de Obediencia, al Belmonte de Sangre española, al culpable de Cuatro rosas, al idealista desengañado de El último tranvía, a la sombra triste de Como un pez, al fanfarrón de La culpa fue del cha-cha-chá, al adepto traicionado de Queridos camaradas, al yonqui de Me da la risa o a aquel que dedica su último gesto en la palestra en Nadie me va a añorar.

Toda una galería de personajes dispares y pintorescos con el nexo común de la desventura, que demuestra la habilidad y maestría de Jaime Urrutia como letrista, su capacidad para contar historias y dotarlas de una voz y lenguaje propios y diferenciados, adaptados en sus modos, maneras y metáforas a cada intención y a cada mensaje.

La esencia de un buen narrador.

Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: Sombras negras, Que Dios reparta suerte, Cuatro Rosas, Al calor del amor en un bar, Camino Soria, Privado, Gabinetíssimo, Subid la música y el recopilatorio La culpa fue de Gabinete.

Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao: diez canciones de diez discos

1. Golpes (1981)

Fue la primera canción de Gabinete Caligari. Apareció en el 7″ (45rpm) compartido con el grupo de la supernova Eduardo Benavente Parálisis Permanente (Parálisis Permanente/Gabinete Caligari, editado por Tres Cipreses en 1982). En la cara A incluía Autosuficiencia y Tengo un pasajero de Parálisis Permanente, y en la B Golpes y Sombras negras de Gabinete Caligari. Aunque el debut no podía ser más tétrico, el artefacto original se convirtió inmediatamente en codiciado objeto de colección y, con el tiempo, de culto.

La canción Golpes expone una relación sadomasoquista o, más bien, es el lamento implorante de la parte sometida. Es sabido que para estas prácticas (que habitualmente reproducen de manera exagerada algunos estereotipos sociales para inducir al “juego”) hay rituales muy establecidos y códigos asumidos como norma por los participantes. Todo se reduce a una cuestión de límites. Sin embargo, es fácil contemplar esta forma de excitación con extrañeza y tildarla de anómala. Así, la voz de Golpes podría (mal)interpretarse como la de una persona víctima de una patología que solo halla placer en la sumisión y recibiendo castigos físicos que perduren en forma de cardenal. O, al contrario, podríamos verlo como un personaje afortunado porque disfruta de sus instintos sexuales sin asfixiarlos, aunque deba pagar la servidumbre de la espera, del antojo y la apetencia de esa vampiresa posesiva a la que, en una aparente incoherencia, también llama “corazón”.

En cierto modo, con ambas interpretaciones estaríamos hablando del primer desgraciao (el sumiso que no llegamos a comprender o el afortunado cuya súplica nos desconcierta aunque forme parte del deleite) de Gabinete Caligari.

2. Obediencia y nada más (1982)

Apareció en el 7″ (45rpm) conocido como Obediencia (editado por Tres Cipreses en 1982), cuya portada adelantaba el contenido del single.  Recortada contra un fondo negro aparece una imagen de la polémica sesión fotográfica que Brian Jones (miembro fundador de The Rolling Stones fallecido en 1969), vestido con uniforme de la Waffen-SS, y Anita Pallenberg protagonizaron para la revista danesa Bogen en 1966 y cuyo supuesto sentido paródico no llegó a ser comprendido ni aceptado. Quizá no fuera demasiado oportuno pasearse con dicho atuendo por suelo alemán y, precisamente, en la castigada Munich. Es curioso que a Gabinete Caligari les ocurriera algo parecido el 23 de julio de 1981, cuando Jaime Urrutia abrió el concierto de esa noche en Rock-Ola con el provocador saludo “¡Somos Gabinete Caligari y somos fascistas!”. 

Detrás de esas oscuras referencias se reconoce la sombra negra de líderes militares cuya megalomanía, con ardides pseudo-democráticos o brutal auto-imposición, se “legitiman” como representantes del pueblo. Porque no son las naciones o los estados los que sufren sus guerras y sus desmanes, sino los pueblos. Las guerras son destrucción, desmoralización, dispersión de la perversidad y crueldad desatada, crímen (da igual si contemplado o no en convenciones, crímen al fin y al cabo), dolor y sufrimiento, aniquilación de vidas, legados y memoria… Daño y trastornos irreparables.  Pero además de las heridas y cicatrices físicas y materiales, quedan otras invisibles. No es tanto el dolor de la carne como el mental. Ese al que el coronel Kurtz (Marlon Brando) de Apocalipse Now (Francis Ford Coppola, 1979) se refería con aquel escalofriante y a la vez patético susurro de agonía: “The horror… the horror”.

Y todo empieza por la humillación y deshumanización del soldado que, extirpado de su existencia y privado de su identidad sin llegar a comprender por qué, se ve obligado a devastar la de los demás. No es el tipo de perdedor o desgracio al que nos acostumbraron Gabinete Caligari, pero el soldado de Obediencia (y nada más) lo ha perdido todo y la desgracia está incrustada en la suela de sus botas. Dispuesta a extenderse con cada marcha.

3. Sangre española (1983)

Sangre española, junto con Que Dios reparta suerte (en alusión al conjuro ritual previo al sorteo de toros de una corrida), fue la canción que colgó a Gabinete Caligari la etiqueta de grupo de rock torero que habría de acompañarles durante toda (y aún después) su carrera. Apareció en el LP Que Dios reparta suerte (Tres Cipreses, 1983).

Su letra es un elogio y lamento por la figura de Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, que protagonizó con Joselito “El Gallo” la que se conoce como Edad de Oro del toreo. La originalidad belmontina se basó en guiar al toro con el juego de los brazos manteniendo los pies inmóviles. Así, evitando el retroceso o el soslayo, negaba el espacio al toro apropiándose de su terreno. La clave era el temple, el logro de armonizar los movimientos de capote y muleta a la velocidad de cada toro obligándola a ser cada vez más lenta. Toreando bajo, Belmonte magnificaba la dimensión estética del capote y su expresión dramática, que se han convertido en las señas de identidad de la Tauromaquia moderna. Juan Belmonte fue reconocido, celebrado en vida y llorado en su muerte, por la que siempre tuvo una malsana obsesión que le hacía jugar con la idea del suicidio y llevar una pistola dispuesta en el equipaje. Con casi 70 años, puede que malinterpretando la gravedad de una dolencia médica, temió la decadencia física (y quizá, parece, sexual) y decidió, por fin, suicidarse.  El mismo día visitó a su última amante,  a la que obsequió con unas fotografías dedicadas y una broma macabra: “cuando yo me muera, si necesitas dinero, véndeselas a una revista extranjera, que las pagarán bien”, le dijo. De vuelta en su finca, ya anocheciendo (en ese momento del día a dos luces que se conoce como “la hora de Belmonte”), se pegó un tiro en su despacho.

El éxito y la fama también tienen cabida, pues, en la maleta del desgraciao. Pero envenenadas. Debajo de las luces y los aplausos, del éxito y el dinero, también hay tragedia, amargura y dolor. Y, a veces, una Browning del calibre 6.35 cargada.

4. Cuatro rosas (1984)

Es una de las canciones más emblemáticas de Gabinete Caligari y que, por supuesto, sigue siendo imprescindible en el repertorio actual de Jaime Urrutia (tanto en el formato trío “Al natural” o con banda eléctrica, Los Corsarios). Apareció en el mini-álbum Cuatro Rosas (Tres Cipreses, 1984) y puede decirse que fue el primer gran éxito de la banda.

La letra de la canción se mueve entre la declaración romántica y la confesión trágica. La obvia alusión a la marca de bourbon “Four Roses”, que incluye además la mención a las rosas, invita a recordar la relación contaminante que mantienen la pareja de alcohólicos (Jack Lemmon y lee Remick) de la película de Blake Edwards Días de vino y rosas (Days of wine and roses, 1963).  Cuatro rosas parece describir un idilio sentimental que cuenta con el alcohol como embriagador aliado, con explicitas referencias sexuales (gemidos, ropa interior roja…). El tono de la canción parece pura celebración del amor y la pasión. Sin embargo, en un giro contenido en una única línea, la última, para privar a la narración de la posibilidad de rescate (otro ejemplo de la maestría como letrista y compositor de Jaime Urrutia), la sensación cambia y el mensaje y el sentido se enturbian: “…y olvida otras cosas que te di”, termina Cuatro rosas.

Y la voz de Cuatro rosas se nos revela entonces, si no directamente como la de un maltratador o un alcohólico patológico que no controla sus impulsos más feroces, al menos como la de un personaje en mayor o menor medida tóxico. Otro perdedor en el juego de la vida que traslada sus miserias en la maleta del desgraciao y que, incapaz de disculparse por unos errores de los que es perfectamente consciente, pide que caigan en olvido. Nada garantiza, pues, que no vuelvan a repetirse.

5. El último tranvía (1986)

Al calor del amor en un bar (Tres Cipreses, 1986) es un disco que reúne un puñado de canciones de una lucidez inusitada para un grupo (entonces) joven, entre ellas El último tranvía. Gabinete Caligari seguía sin ser un grupo fácil y su éxito se iba forjando al margen de los temas y parámetros habituales del pop y el rock, digamos, más comercial: donde unos se consagraban al empeño de creer realizables las promesas que la luminosa nueva década supuestamente había hecho, ellos seguían explorando entre las sombras.

Sin embargo, la portada del disco que contiene El último tranvía y el mega-hit que dio título al álbum, es una explosión de colorido a cargo de José Alfonso Morera Ruiz “El Hortelano”.  La abigarrada y dinámica composición se realizó a partir de la sesión de fotos del trío en un local llamado Tú y Yo cercano al metro de Tribunal, con clásicos elementos como sinfonola a monedas, tragaperras de frutas y estufa catalítica. Un buen escenario para acoger al feliz desesperado que apura las horas y las oportunidades pregonando que “no hay como el calor del amor en un bar”.

Una exuberancia de coros femeninos sorprende para la letra de El último tranvía, que gira en torno a la desilusión ya no individual sino colectiva. La canción menciona a Joan Manuel Serrat (el Noi del Poble-Sec) y se convierte así en una reflexión sobre los sueños ajados de aquellos idealistas que, inspirados en su momento por la poesía de los cantautores, comprenden que la utopía no es más que eso: un ideal inalcanzable en un mundo que ha abjurado precisamente de sus ideales. Ya no es uno solo el portador de la maleta del desgraciao, sino una fila creciente que espera y desespera en su desengaño recién descubierto: “…y apenas han pasado unos cuantos años de esos días / (…) / Se pierde el tiempo estando en la cola, porque ha pasado ya el último tranvía”.

Su vigencia es innegable.

6. Como un pez (1987)

Como un pez cierra la cara A del álbum Camino Soria (EMI, 1987), que se reanuda en la cara B con La sangre de tu tristeza. Son dos canciones que actúan como bisagra para articular el sentido de un disco cuya portada vacía, blanca, yerma, sugiere soledad, desamor y melancolía, invitando a la reflexión. Es en la contraportada de Camino Soria donde aparece precisamente la maleta abierta con las zapatillas, los carteles y la gorra de chulapo: el equipaje del desgraciao fotografiado por Alberto García-Alix.

Quizá La sangre de tu tristeza sea la canción de Camino Soria más obvia en cuanto al retrato del desgracio. Incluye dicha expresión sin ningún recato al hablar del personaje (“…a la ventana asomao“), con la única compañía y atención de su propia pena. La imagen que compone (reforzada por la puesta en escena del videoclip que la completó) sería la del legítimo dueño de esa icónica maleta gastada que define todo el disco. Pero el condicional que usa la voz de La sangre de tu tristeza puede hacer dudar de si parte de la experiencia propia al exponer las necesidades emocionales del pobre desgraciao, o si se trata de una hipótesis poética. Hasta ahora ese personaje era tangible y no había sospecha de su realidad.

El perdedor de carne, hueso y desdicha de Camino Soria (además de aquel desengañado que busca la cura del desamor atravesando machadianos campos de Castilla), lo encontramos en Como un pez. La estampa de un hombre que ha visto fracasar sus proyectos e ilusiones y que deambula por los puertos suplicando tragos de favor. ¿Se puede decir más con tanta sencillez? La sonoridad del bandoneón de Osvaldo Larrea, además, perfecciona el concepto estético del trío formado por Jaime Urrutia, Edi Clavo y Ferni Presas, siempre a medio camino entre la tanguería maleva y el albero, entre los tinglados portuarios y la grasa de moto de un taller… y también entre el casticismo carpetovetónico, el Muswell Hill suburbial y las rectas de la Route 66.

 7. La culpa fue del cha-cha-chá (1989)

Otro de los grandes hits de Gabinete Caligari apareció en el álbum Privado (EMI, 1989) y remachó la etiqueta de rock torero asociada al trío y (después) a Jaime Urrutia. El devenir estilístico que demostraron en este disco generó discrepancias entre los seguidores “de primera generación” más puristas y, a propósito de La culpa fue del cha-cha-chá, parece que también entre los miembros del grupo.

La culpa fue del cha-cha-chá referencia en su título a Blame it on the boogie, el éxito de 1979 de The Jackson Five que podría traducirse como La culpa es del boogie. Narra en primera persona, y utilizando metáforas y vocabulario propios del universo taurino, los prolegómenos y rotundo éxito de un lance nocturno. Pero circula una historia (quizá apócrifa) sobre la anécdota que inspiró la canción, según la cual Jaime Urrutia habría estado esperando a la puerta de un nightclub a una mujer que nunca salió a encontrarse con él. Este posible germen, unido a la agridulce comicidad e ironía características del Urrutia letrista, nos hace pensar en un nuevo tipo de desgraciao. Otro derrotado que pasaría desapercibido entre la parroquia trasnochadora de aquel bar con sinfonola, tragaperras y catalítica mientras, echando mano de todo su repertorio de jactancia torera y castiza, presume, exagera y (finalmente) miente, sobre un triunfo que no fue tal. Que ni siquiera anduvo cerca, aunque él mismo haya terminado por creérselo.

8. Queridos camaradas (1991)

Apareció en El álbum Cien Mil Vueltas (EMI, 1991), dos años después de la caída del infausto Muro de Berlín que se convirtió en símbolo de las divergencias insalvables entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. El Muro dividió la ciudad en dos zonas durante 28 años: el Berlín Oeste encuadrado en la República Federal de Alemania y el Berlín Este de la República Democrática Alemana.

Cuando se menciona la frontera interalemana en un discurso musical, es inevitable la referencia a Heroes de David Bowie. En 1977 Bowie escribió una de sus canciones más emblemáticas, en la que exponía los encuentros de dos amantes junto al Muro de Berlín en la zona Oeste: “I can remember / Standing by the wall / And the guns, shot above our heads / And we kissed, as though nothing could fall”. La vergüenza queda del otro lado y el himno de Bowie resulta así de fácil digestión.

Sin embargo, con Queridos camaradas Gabinete Caligari volvieron a esquivar el camino fácil: se arriesgaron a poner voz a los partidarios del Bloque del Este. La letra los pinta como perdedores perplejos y desnortados, víctimas de su propia fe en los insostenibles argumentos que, desde su lado del Muro, definían la frontera como “Muro de Protección Antifascista” (Antifaschistischer Schutzwall) mientras en occidente se denominaba “Muro de la Vergüenza” (Schandmauer). Podemos imaginar que la voz de Queridos camaradas pertenece a un adoctrinado que eleva su canto al “amado líder”, mientras contempla con consternación la caída del Muro y repite como un mantra “¿Quien nos guiará? ¿Quién nos guiará? ¿Quien nos guiará?”.

9. Me da la risa (1995)

El álbum Gabinetíssimo (Polygram, 1995) sufrió la indiferencia de los medios. El desgaste del nombre Gabinete Caligari empezaba a evidenciarse en su travesía por el desierto y soplaban vientos de disolución. En un momento donde la demanda se había repartido entre la rabia del grunge y la narcótica despreocupación de los ritmos latinos, Gabinetíssimo cayó en tierra de nadie con canciones como La niña Frank, que evocaba el enclaustramiento clandestino de Anna Frank y su familia en el anexo del apartamento de la Prinsengracht de Amsterdam.

En Me da la risa aparece uno de los personajes más tristes de la galería de Gabinete Caligari. En los años ochenta la heroína dejó un reguero de muertes que llevó a hablar incluso de una “generación perdida”, para pasmo e impotencia de generaciones pretéritas que veían como sus hijos y nietos aniquilaban sus oportunidades y caían en la delincuencia para costearse el consumo. Testimonio de aquella época, además de en los numerosos archivos de televisión, quedó en las célebres películas de Eloy de La Iglesia (El pico y El pico 2), en crónicas como las de el ex Troglodita Sabino Méndez (Corre Rocker y Hotel Tierra), o canciones como Un caballo llamado muerte de Miguel Ríos o la desgarradora La madre de Víctor Manuel. También Gabinete Caligari vivieron de cerca los efectos de la adicción con la pérdida de Ulises Montero, amigo, compañero y saxo de confianza homenajeado en Tócala Uli (álbum Camino Soria).

La voz de Me da la risa es la de un adicto. Como en Queridos Camaradas, el punto de vista es el más incómodo. No habla el espectador que contempla desde fuera el problema para describirlo y publicarlo. El personaje de Me da la risa canta con un aparente desenfado que pretende disimular el patetismo de su situación. Pero lo peor (o lo mejor en cuanto a efectividad y maestría narrativa), es que nos queda claro que lo hace en un momento en el que no es consciente del problema. La heroína que compra en el polígono es causa de la desunión familiar pero también anestésico para poder afrontarla y despreocuparse, además, de la sospecha de que su novia también se busca la vida por ambientes marginales. Para él todavía todo está bien y seguirá bien mientras pueda pagarse un “buco”, aunque su actitud lo convierta en “pesadilla de la vecindad” y “alegría” de su hogar. El problema es de los demás.  A él le da la risa: es un avestruz que aún tiene la cabeza hundida en su agujero.

10. Nadie me va a añorar (1998)

El álbum Subid la música (Get, 1998), marcó el final de Gabinete CaligariLa carta de presentación fue la canción Underground, en la que Jaime Urrutia ironizaba con una letra (tan burlona como impecable) sobre una generación indie que llegaba con sorprendente fuerza y que carecía de la personalidad y carisma de los grupos, digamos clásicos, cuya memoria enterraban amenazando incluso su continuidad. Desafortunadamente así ocurrió con Gabinete Caligari, que firmaron con Subid la música su despedida. El trío decidía su separación el 13 de octubre de 1999.

La sombra del desgraciao también planea, por supuesto, en este último álbum. Por ejemplo en la canción En paro, en la que se usa el símil del desempleo para evocar un corazón enamorado y no correspondido. Lo curioso es que lo hizo en un momento en el que el mantra “España va bien” era casi una consigna. Quizá, como en el seno de Gabinete Caligari, en el corazón del país empezaban a citarse los factores que provocarían futuras lesiones cardíacas. Pero es en Nadie me va a añorar donde el desgracio (duplicado en Jaime Urrutia y Andrés Calamaro) se quiebra y confiesa su desventura, en la que podría ser su versión alternativa de My way. Pero al contrario que en la canción que terminó de definir el exultante personaje de Frank Sinatra, en Nadie me va a añorar está la desdicha y la amargura de quien sabe que ya camina por el margen y que, cuando por fin se haga del todo a un lado y desaparezca, no dejará ninguna impronta. En Nadie me va a añorar están desde el sumiso de Golpes y el soldado de Obediencia, hasta el cordero sin pastor de Queridos camaradas o el toxicómano de Me da la risa. En ella está Gabinete Caligari y su destierro de las radiofórmulas; y, quizá también, el propio Jaime Urrutia que actualmente sigue anunciando la recta final de cada show (en formato acústico Al natural o eléctrico con Los Corsarios) con Nadie me va a añorar.

Desde que publicó Lo que no está escrito (DRO, 2008), el maestro Urrutia lleva mimando el que habrá de ser su cuarto álbum en solitario (sin contar el directo en la Sala Joy Eslava de 2007). En sus entrevistas recientes reconoce sin complejos (¿y por qué habría de tenerlos después de haber dado forma a uno de los mejores cancioneros del país?) el esfuerzo que le está costando culminar un nuevo álbum. Hace un par de años siguió el consejo de la discográfica y abortó el lanzamiento de un disco con canciones que quizá no habían madurado del todo o que, sencillamente, no estaban a la altura de su reconocido talento compositivo. Ha llegado a decir que si no consigue ese disco redondo, podría retirarse “y no pasaría nada”. Por eso, cada vez que esta canción suena en el tercio final de sus conciertos es difícil dilucidar si su intención es de conjuro resignado o de exorcismo irónico.

Jaime Urrutia es un artista querido y respetado, pero no es proclive al aspaviento. En sus conciertos se citan incondicionales (siempre los hay), admiradores que gustan de su música y también (¿por qué no?) curiosos atraídos por lo que creen un ejercicio de nostalgia. Y el repertorio y la personalidad de Urrutia, sin postureo ni afectación, siempre convencen y dejan con ganas de más (la insistencia popular a veces consigue el reprise de alguno de los hits para prolongar el show). Probablemente, pues, sea consciente de que a pesar de lo que diga el último desgraciao de Nadie me va a añorar, se le empieza a echar de menos cada vez que baja de un escenario. Puede que por eso aborde los bises más “fiesteros” (animado por las palmas y las miradas de felicidad) con una sonrisa satisfecha, de esas que tanto racionaron Gabinete Caligari y que les valió otra etiqueta: la de grupo mas serio y puede que arisco de la llamada “Movida”.

Y al verlo sonreír tenemos la sospecha de que, sí, lo añoraremos todos los que estamos cansados de aquellos que transitan cómodamente por caminos trillados de amores de postal, discursos obvios y ramplones populismos. Lo añoraremos todos los que buscamos en las canciones varios niveles de lectura que inviten a reflexionar y a pensar, que propicien la posibilidad de múltiples interpretaciones y la discusión sana. Al calor del amor de un bar, o donde sea.

Por eso esperamos la llegada de ese nuevo álbum de Jaime Urrutia. Para no tener que añorarlo y porque, en un mundo gris y amenazador (aunque travestido de lazos, celofán y colorines), su visión y su voz ya se hacen demasiado necesarias.

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