MIL Festival: Loquillo, los chicos están bien

En 1979 The Who protagonizaron una película documental concebida y dirigida por un fan de la banda, que durante varios años llevó a cabo una exhaustiva recolección de archivos audiovisuales (casi) olvidados. El montaje final presentaba a una banda pletórica de energía para la que la imagen y la actitud eran un elemento de expresión casi tan importante como su propia música. Gracias a la mágica frescura de algunas tomas, The Who se mostraron como un grupo de jóvenes inadaptados y exhibicionistas dispuestos a, además de poner en apuros a los conductores de los programas, disfrutar de cada momento.

La fotografía que ilustró la portada del LP con la banda sonora de la película y el póster promocional es ya icónica: los cuatro miembros de The Who aparecen durmiendo en el suelo y recostados contra un bajorrelieve (después de lo que puede imaginarse una larga noche de fiesta). Apoyan la cabeza en el hombro de un compañero con tierna camaradería e inconsciente confianza de unos en los otros. Aunque están envueltos en una Union Jack, el escenario de la imagen no es un rincón londinense que les resulte familiar, sino el monumento a Carl Schurz en Morningside Heights. New York, otro territorio conquistado.  Una canción del LP The Who sings My Generation (de 1965) dio título a la película y perfeccionó el significado de esa imagen de portada: The kids are alright.

La noche del sábado 9 de junio en el Mil Festival (Teruel), también fue una noche de fiesta. Loquillo y su banda fueron exhibicionistas y derrocharon actitud. Salieron a disfrutar haciendo alarde de talento y profesionalidad, pero también de fraternidad y gozo compartido, arropados por una bandera propia que desde hace décadas luce un Pájaro Loco sobre dos tibias cruzadas. La misma bajo la que viajan sus seguidores y que plantan en cada territorio que se rinde a su espectáculo. Pero sobre todo, en este tercer concierto después de casi medio año de merecido descanso tras finalizar su larga y exitosa gira Salud y Rock and Roll, demostraron lo más importante: que los chicos están bien. Muy bien.

Mejor que nunca.

Sábado 9 de junio de 2018. Crónica de la segunda jornada del MIL Festival.

El MIL Festival ha llegado esta primavera como nueva cita cultural (entre el 8 y el 10 de junio) a diferentes lugares de hasta tres localidades turolenses: Cella, Cedrillas y la propia capital de la provincia. En la propuesta, y bajo el acrónimo de su nombre, busca aunar Música, Imágen y Literatura. Por eso en la programación diaria ha habido espacio para conciertos, poesía e intervenciones artísticas visuales.

Para la ocasión, entre otras ubicaciones urbanas, la plaza Pérez Prado de Teruel (llamada también “del Seminario”) se cerró para convertirla en un recinto provisto de los recursos y servicios habituales de un festival, accesible desde la calle Yagüe de Salas. Al parecer el escenario, al pie de la espectacular torre de San Martín, iba a ser inicialmente abierto para explotar la presencia majestuosa del edificio mudéjar como complemento escenográfico, pero la previsión meteorológica obligó a tomar la precaución de techarlo.

MIL Festival: Se llama Roger Wolfe

Roger Wolfe en el MIL Festival (Teruel, 9 de junio de 2018)

El primero en subir al escenario a las 22:00h fue el escritor (poeta, ensayista y narrador) Roger Wolfe, que se enfrentó a un recinto todavía casi vacío. Sin presentación ni acompañamiento de ningún tipo,  tomó asiento delante de un atril y dio inicio al vigoroso y convincente recitado de algunos de sus poemas impresos en folios rojos. Una apuesta tan arriesgada como interesante. Con voz profunda y aire solemne bajo un único foco anaranjado, trató de crear el ambiente propio de un recital de poesía con el barniz desesperado de Sartre y Bukowski pero que, en un escenario de esas dimensiones y como aperitivo de un show de rock no pareció terminar de cuajar. Además de los exabruptos de algún “graciosillo” pasado de alcohol (lamentable influencia para el niño al que acompañaba) que aprovechó las pausas y silencios medidos de Wolfe para hacerse notar, también se advertían miradas de desconcierto y algún cuchicheo entre las primeras filas de público que empezaba a congregarse. La poesía es palabra y es ritmo, es literatura pero también música, y basta un poco de complicidad y predisposición para dejarse llevar, especialmente si es el propio autor quien recita su obra dotándola del sentido con el que fue concebida. Basta con escuchar y querer sentir para que la reflexión individual, quizá, germine después. Es posible, por ejemplo, que no muchos de los asistentes se percataran de que el primer poema que brindó Roger Wolfe (al que siguieron otros como Id canciones mías o Reina Victoria) compartía temática, metáforas y conceptos muy similares a los que precisamente Sabino Méndez recurrió al construir la canción Sol para el álbum Balmoral del propio Loquillo. Parecidos mensaje e intención, pero percibidos y apreciados de muy diferente forma por llegar en otro soporte, voz y rostro.

MIL Festival: Effe, poesía urbana y electricidad

Fabián Navarrete, vocalista de Effe (MIL Festival, 9 de junio de 2018)

Como bisagra entre el plato fuerte de la noche que había de servir después Loquillo y el minimalista recital poético de Roger Wolfe, llegó el turno de la banda turolense Effe.  A las 22:30h, los enérgicos riffs de guitarra fueron bien recibidos y la poderosa presencia escénica de Fabián Navarrete animó y convenció al público que esperaba su dosis de electricidad. Las letras de Effe parecen nacer de esas vivencias personales entre ladrillo, cemento y asfalto, que solo quien tiene la sensibilidad de un poeta y la rabia de un músico de rock es capaz de convertir en canción. Effe se mueven en ese sugerente terreno de poesía urbana y estribillos potentes y coreables que abonaron Extremeduro y Sínkope y que continuaron sus herederos Marea. De hecho, la voz de Fabián Navarrete recibe esos brochazos de Robe Iniesta y Kutxi Romero que le permiten sonar intenso y tierno, o desesperado y épico, al saltar de una a otra canción. Especialmente celebradas por sus seductores estribillos fueron A la sombra de una encina (en cuya versión de estudio del álbum Tras la tormenta de 2017 colaboró precisamente Kutxi Romero de Marea), o Ella es mi ruina. Todo un acierto la programación de artistas locales en este tipo de festivales que permitan susurrar o gritar, por ejemplo, que Teruel existe. Que en Teruel hay inquietud y talento. Vida.

MIL Festival: Loquillo, los chicos están bien

La última (y tan intensa como extensa) gira de Loquillo (titulada Salud y Rock and Roll como el primer track de su LP Viento del Este de 2016) culminó en diciembre del año pasado por todo lo alto en el WiZink Center (antiguo BarclayCard Center, siempre Palacio de los Deportes) de Madrid. Se abrió entonces un periodo de descanso para Loquillo y su banda que ha durado casi medio año. Aunque hablar de “descanso” quizá no sea apropiado dada la inquietud del Loco y su entorno. Conocida es su intolerancia a la inactividad, que le ha permitido mantener una carrera ininterrumpida (raro es el año que Loquillo no se saca de la manga un proyecto nuevo) que llega a celebrar este 2018 su 40 aniversario. Por eso cuesta creer que los últimos meses hayan sido demasiado relajados, cuando lo más razonable es sospechar que han sido dedicados a planificar esa celebración (alguna foto se ha visto de Loquillo. Sabino Méndez, Gabriel Sopeña y Josu García en conciliábulo), que se traducirá en un tramo especial de gira por grandes recintos a partir de septiembre de este año para terminar en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Más que descanso podríamos hablar, pues, de medio año de desintoxicación de carretera y escenario.

Después de un periodo de reposo, lo más normal es que una máquina necesite una puesta a punto, un tiempo de rodaje. Para engrasar, como suele decirse. El de Teruel, en el MIL Festival, era el tercer asalto de Loquillo y su banda este año. El primero fue en el Festival Sueños de Libertad de Ibiza, y el segundo en el Navarra Sur Festival de Tudela. donde una tormenta deslució el sonido pero engrandeció el espectáculo (crónica Loquillo o la épica del rock bajo la lluvia en este mismo blog). Si por ello quedaba algún rastro de duda de a qué nivel real arrancaban Loquillo y su banda la nueva gira, la respuesta llegó con la contundencia del show de Teruel. Recurriendo a un título de The Wholos chicos están bien. Más que bien. Igual, o quizá mejor, que como terminaron en diciembre de 2017.

En los conciertos hay un momento mágico que mezcla el alivio del final de la espera con una inyección de nueva tensión expectante, más que agradable por la seguridad de su inminente satisfacción. Es cuando la música ambiental se apaga, el escenario queda a oscuras y el destello de una linterna previene a los técnicos de luces y sonido (al otro lado del recinto) de que el espectáculo debe dar comienzo.

Una recording del tema principal que Elmer Bernstein compuso para la banda sonora de The magnificent seven (John Sturges, 1960) permitió a los músicos de Loquillo ocupar sus puestos sobre el escenario todavía sin luces. La batería de Laurent Castagnet ahogó los aplausos con los que el público había recibido a unas siluetas que los fieles reconocían perfectamente en la oscuridad, y el riff de Rock and roll actitud (tema de 2006) anunció la entrada de Loquillo. Con americana de cuero negro y gafas de sol para afirmar que el rock and roll vuelve a levantarse haciendo ruido. Una declaración de intenciones que también da título al triple recopilatorio (40 años de Rock and Roll Actitud, Warner 2018) que acompaña y documenta la celebración de una trayectoria que abarca cuatro décadas.

Loquillo en el MIL Festival de Teruel. Al fondo Laurent Castagnet y Mario Cobo (guitarra)

En sus shows Loquillo demuestra no vivir de la nostalgia, aunque tampoco prescinda de los hits que todo el mundo (tanto admiradores fieles como curiosos esporádicos) quiere oír. El primer guiño al pasado llegó con la breve, intensa y casi “ramonera” Pégate a mí (1983), para regresar inmediatamente a álbumes más recientes con El mundo necesita hombres objeto (2012) y A tono bravo (2016).  Vuelta a los últimos tiempos de Trogloditas con Territorios libres (2001) para, sin aferrarse a ellos, reivindicar con Planeta Rock (2012) y Salud y Rock and Roll (2016) que su última década en solitario es la que lo ha colocado de nuevo en primera línea gozando de un notable repunte de popularidad.

A esa altura del concierto, todos los miembros de la banda habían tenido algún momento de protagonismo.  En esta banda la solvencia técnica es innegable, pero la imagen y la complicidad emocional es un añadido que enriquece el espectáculo. Todos brillan y ninguno se hace sombra. Como decía el Loco en los últimos años (aludiendo a la variada procedencia geográfica de sus componentes), “en esta banda sumamos, no restamos”. Y es algo a destacar, dada la personalidad que todos despliegan y que en ningún momento es sospechosa de competencia o rivalidad interna. Cuando se da esta sana convivencia en un espacio tan depredador como un escenario, el resultado solo puede ser encandilador y mágico. Pura prestidigitación y embrujo.

Igor Paskual (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)
Lucas Albaladejo (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)
Alfonso Alcalá (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)
Laurent Castagnet (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)
Mario Cobo (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)

El álbum Balmoral (2008) fue una pieza fundamental del periodo de mayor madurez de Loquillo. De él sonaron la intensa Cruzando el paraíso (que lamentablemente se ha convertido en homenaje al enorme Johnny Hallyday con quien Loquillo la grabó a dúo cuando colaboraron en sus respectivos álbumes Balmoral y Le coeur d’un homme), y Memoria de jóvenes airados (ya con estatus de himno e indisociable del clip que honraba a una imponente generación del basket español), con un espléndido y aplaudido solo de Josu García en el centro del escenario. Son dos canciones de especial solemnidad que ejercen de hitos en un repertorio tan amplio como variado y equilibrado (debe ser una auténtica locura decidir qué entra y qué se queda fuera, una responsabilidad que a veces se considera muy ligera desde la grada).

Josu García (concierto de Loquillo en el MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)

Entre ambas, la recuperada La mala reputación (1988/2005), vestida para la ocasión con aires rockabilly, y que no formaba parte del setlist de Loquillo desde la gira de teatros A solas con el pretexto del álbum Su nombre era el de todas las mujeres (2011); la imprescindible El rompeolas (1988), cuyo reconocible riff y lapidario estribillo (“no hables de futuro es una ilusión, cuando el rock and roll conquistó mi corazón”) han calado en varias generaciones, y que ahora se adorna y perfecciona su aroma country con el impecable lap steel de Mario Cobo (con sombrero pork pie al estilo de Popeye Doyle); siguió Cuando fuimos los mejores (2000), cuya evocación del pasado de gloria Troglodita (con sus luces y sombras) es como la mirada sobre el camino recorrido lanzada desde el Sinaí, con la Tierra Prometida ya cerca, cuando lo mejor está aún por llegar. Después de La nave de los locos (2012) con su baño de realidad social y antes de llegar al hito de Memoria de jóvenes airados que mencionábamos antes, llegó una de las secuencias más intensas del concierto. El momento más glam del espectáculo. Seguidas sonaron Besos robados (1988); Carne para Linda (1985), con Loquillo bajando al foso para saludar a las primeras líneas del público (con cambio de chaqueta incluido, también de cuero negro pero con hombros de serpiente), mientras Igor Paskual lucía boa de plumas rojas y la banda se desbocaba sobre el escenario; la clásica e imperecedera El ritmo de garaje (1983) precedió a la versión de El rey del glam de Alaska y Dinarama. El Loco y Alaska la han vuelto a grabar juntos (la colaboración original data también de 1983 y se encuentra en el álbum Canciones profanas de Alaska y Dinarama) para enriquecer el recopilatorio del 40 aniversario de Loquillo.

Loquillo con Igor Paskual, Rey del Glam (MIL Festival de Teruel, 9 de junio de 2018)

La recta final se inició con El hombre de negro (1993), magnífica adaptación de Gabriel Sopeña del himno de Johnny Cash y única concesión de Loquillo a su producción durante la década de los 90 (los álbumes Hombres de 1991, Mientras respiremos de 1993 y Tiempos asesinos de 1996 son los menos frecuentados en su repertorio). Llegó entonces la oportunidad del rock and roll más juguetón y festivo con Quiero un camión (1983) y Esto no es Hawaii (1981), antes de abordar otra de esas canciones-himno que han ayudado a construir el personaje de Loquillo: Feo, fuerte y formal (2000), escrita por Carlos Segarra en alusión al supuesto (solo supuesto) epitafio de John Wayne.

Una muestra clara del ambiente que actualmente se puede apreciar sobre el escenario de Loquillo y su banda vino a continuación, con la presentación de los músicos. Al piano y desde Cartagena, Murcia, Lucas Albaladejo. A las guitarras, desde Barcelona, Mario Cobo, desde Madrid, Josu García y desde Asturias, el trueno de Gijón, Igor Paskual. Al bajo, desde Granada, Alfonso Alcalá. Y a la batería, desde Teruel (aunque nacido en Francia), el enorme Laurent Castagnet, que vivía una noche muy especial: celebraba su cumpleaños sobre el escenario, en la provincia aragonesa en la que ha plantado sus reales desde hace tiempo. Y eso no le pasa a uno todos los días. Ni todos los años. Desde el público se le brindó un cariñoso cumpleaños feliz que ya había sido intentado en un par de ocasiones a lo largo del show por la representación del Loquillo Fan Club, siempre atentos y conocedores de la efeméride antes de que el Loco la mencionara y de que toda la banda tomara una copa de cava a la salud de monsieur Castagnet. Son grandes músicos, son una banda, y son amigos. Hay camaradería y respeto, ilusión y orgullo de pertenencia. Y eso se nota desde abajo. Solo había que prestar atención a los muchos momentos en los que Loquillo se hizo a un lado para ceder protagonismo, observando fuera de foco con una sonrisa plácida y satisfecha. El camino ha sido largo para llegar hasta aquí. Pero ha merecido la pena cada paso. Solo para poder espiar esa sonrisa.

Brindis a la salud de Laurent Castagnet durante el concierto de Loquillo en el MIL Festival (Teruel, 9 de junio de 2018)
La sonrisa de Loquillo fuera del foco (MIL Festival, 9 de junio de 2018)

El homenaje a Laurent Castagnet tuvo un momento todavía más notable, aunque quizá para el público que no conoce el desarrollo de los shows de Loquillo pasara desapercibido. La siguiente canción en el set fue uno de los clásicos mayores de la trayectoria del Loco: Rock and Roll Star (1981). Es un tema escrito por un Sabino Méndez de (entonces) apenas veinte años que demostró una lucidez conmovedora a la hora de plasmar las luces y sombras del éxito artístico, afectado por el asesinato de John Lennon. La primera estrofa la cantó Loquillo de espaldas al público, vuelto hacia la batería de Laurent Castagnet e introduciendo un significativo cambio en la letra. Y el público avisado se dio cuenta del regalo, además del sutil gesto de respeto y admiración mutua, que era aquello. Lo dicho, son más que una banda.

Has tenido suerte de llegarme a conocer 
He tenido suerte de llegarte a conocer
creo que a nadie le gusta el nacer para perder
abrirás una revista y me encontrarás a mí
debo ser algo payaso pero eso me hace feliz…

El mítico arpegio inicial de Cadillac solitario (1983) anunció que el concierto estaba a punto de terminar con ese cigarro y el amargo regusto de un Martini contemplando las luces de la ciudad. Pura evocación. Como guinda, En las calles de Madrid (1984), un testimonio de primera mano de aquella tierra de promisión y urgencia que era el Madrid de los 80. Emotivo el beso al aire lanzado con el pulgar por Alfonso Alcalá sobre la línea “… y dile a Pepe Risi que ya puede sonreír, él mató el silencio en las calles de Madrid”.

Y mientras las guitarras planeadoras de la elegíaca Heroes de David Bowie sonaba por los altavoces, Loquillo y su banda se fundieron en múltiples abrazos antes de alinearse al filo del escenario y saludar al publico. Las sonrisas de todos eran más que elocuentes, orgullo y felicidad por la convicción de haberlo dado todo y de que la entrega y el talento depositado en cada canción, en cada gesto, en cada latido, habían sido apreciados por el público.

Tienen todavía medio año por delante antes de culminar en Barcelona un final que se antoja no solo de gira, sino también de ciclo (con el Loco nunca se sabe). El concierto de Teruel era solo el tercero, como quien dice apenas un calentamiento. Y las sensaciones fueron de triunfo absoluto. Loquillo vive un gran momento y su banda, su familia, está a la altura del mito.

Definitivamente, los chicos están bien. Todos lo estamos bajo la bandera del Pájaro Loco.

Loquillo en el MIL Festival de Teruel. 9 de junio de 2018.
Entrada (segunda jornada) MIL Festival de Teruel. 9 de junio de 2018.

 

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