KISS: ¿El penúltimo beso?

KISS + Megadeth + The Blackmordia (WiZink Center, antiguo Palacio de los Deportes de Madrid, 8 de julio de 2018)

Hacer la crónica de un concierto de KISS sin caer en lugares comunes es complicado cuando desde hace décadas la estructura de sus conciertos es un ritual prácticamente inamovible: hubo pantallas gigantes, distorsión, maquillajes (encima del escenario y entre el público), lentejuelas, flecos y armaduras, lenguas kilométricas, profusión de pirotecnia, guitarras explosivas, plataformas móviles y tirolinas, baterías y murciélagos voladores, sangre, fuego, lluvia de confetti y un rock and roll tan épico como pegajoso.

Pero en esta ocasión, en la que la banda más caliente de Detroit (y del mundo, of course) se ha limitado a programar cinco únicos conciertos peninsulares (Barcelona, Madrid, Lugo, Córdoba y Lisboa) dejando al resto del mundo sin su espectáculo, planea otro componente: la sospecha de que el final de KISS tal como los conocemos esté cerca. La sucesión renovadora de los miembros históricos de la banda parece un movimiento planificado a corto plazo.

¿Será este el penúltimo beso de “la banda más caliente del mundo”?

The Blackmordia

Lo reconozco, me los perdí.

La perspectiva de descubrir una banda francesa de metalcore caracterizada por la juventud de sus miembros era prometedora. Pero nos venció la ilusión de formar parte del espectáculo y lucir, además de la camiseta de KISS Army 2018 Official Member, un maquillaje elaborado que estuviera a la altura del mayor show de rock and roll del planeta. El modelo elegido para la ocasión fue el que colocaron sobre el famoso retrato de Beethoven que ilustró el “KISS Simphony: Alive IV” de 2003, y que combinaba los diseños de The Demon, The Starchild, The Spaceman y The Catman en uno solo.

Ilustración para KISS Simphony: Alive IV (2003)

Aunque no era la primera vez que usábamos este maquillaje (la primera fue en 2015 durante el KISS 40th Anniversary World Tour), la complejidad del diseño y algún momento accidentado hizo que el tiempo calculado para su elaboración se alargara demasiado. Sí, llegamos tarde a The Blackmordia, mea culpa, pero el resultado mereció la pena.

Edit: al día siguiente me enteré de que por problemas técnicos que afectaron al montaje del escenario las puertas se abrieron a las 19:30 cuando estaba previsto que lo hicieran a las 17:00. Por eso Megadeth se vieron obligados a reducir su setlist y los parisinos The Blackmordia ni siquiera llegaron a actuar. Una lástima para esta banda que se había sumado al cartel apenas una semana antes y que perdieron una gran oportunidad de darse a conocer fuera de su territorio. Al menos, mis remordimientos por llegar tarde se esfumaron.

Megadeth

La duda de si una banda de trash metal como los míticos Megadeth eran una buena opción para preceder a los más clásicos KISS, quedó despejada en cuanto la banda de Dave Mustaine (en gran forma) tomó el escenario del WiZink Center. Si el público quería potencia, es lo que iban a tener. Pero además su actuación se caracterizó por una gran nitidez de sonido plenamente disfrutable. Megadeth llegaron con un repertorio que parecía ser una adaptación reducida del setlist que ofrecieron el año pasado en el Leyendas del Rock de Alicante, y que primó los temas más clásicos que permitían promocionar la reciente y lujosa reedición de su LP Peace sells… but who’s buying?. ¿Es eso malo o reprochable? ¡En absoluto!

Abrieron con Hangar 18 (del álbum Rust in peace, 1990), seguida de la reciente The threat is real (del álbum Dystopia, 2016) con absoluto protagonismo del guitarrista brasileño Kiko Loureiro, The conjuring (del álbum Peace sells… but who’s buying?, 1986) y su relato de un rito satánico que había desaparecido del repertorio para volver a incorporarse en los últimos tiempos y My last words (también del álbum Peace sells… but who’s buying?, 1986). Después deTornado of souls (del álbum Rust in peace, 1990) y para afrontar la recta final, recurrieron a su último álbum con el tema que le da título, Dystopia, la monumental Symphony of destruction (del álbum Countdown to extintion, 1992) y Peace sells (del álbum Peace sells… but who’s buying?, 1986), para acabar por todo lo alto (la clave es dejar con ganas de más) con Holy wars… the punishment due (del álbum Rust in peace, 1990).

Un repertorio muy potente en favor de los clásicos de los 80s (decisión lógica al disponer de un tiempo reducido) que ignoró, quizá demasiado injustamente, sus trabajos del último cuarto de siglo salvo por las dos concesiones al último álbum de 2016, Dystopia. Desde luego no es un disco para dejar de lado ya que, después de unos años de confusión, elevó el listón dejando bastante altas las expectativas para el futuro próximo álbum de Megadeth (previsto para 2019).

You wanted the best, you got the best: KISS!!

Imaginemos un número clásico de magia.

Un prestidigitador con un vestuario que evoque tiempos pretéritos pero que todavía resultará sexy (un smoking de lentejuelas, quizá), una bella partenaire envuelta en lycra, y una caja que yacerá horizontal sobre un soporte sospechoso. El mago dará unos pasos de baile en torno al artefacto e invitará a su ayudante a tumbarse en el interior. Ella lo hará despacio pero sin perder la sonrisa, acoplando sus miembros a los orificios practicados en los laterales y que nos permitirán comprobar que ella sigue dentro ocupando toda la longitud de la caja. El mago tomará entonces dos hojas afiladas y atravesará con ellas la caja justo por la mitad. El público dejará escapar una exclamación con la última hoja, porque el mago tendrá dificultades y deberá cargar su peso para llevarla hasta el fondo. La ayudante no habrá dejado de sonreír durante la operación. Lo seguirá haciendo incluso cuando el mago desacople los dos segmentos y, ante nuestros ojos, torso y piernas queden disociados. Los pies y las manos que quedan a la vista se moverán independientemente para nuestro pasmo. Después el mago repetirá a la inversa cada paso y la bella ayudante saldrá de la caja recompuesta y con su indeleble sonrisa.

Sabemos que hay truco. Pero ahí es donde entra en juego otro recurso del mago: la complicidad de un público dispuesto a sorprenderse con cada elemento del ritual que, aun siendo de sobra conocido, sigue resultando enormemente atractivo. Ojo, no es que el público se deje engañar, porque no hay engaño en el número. Es la conjunción del talento de quien ocupa el escenario para crear ilusiones y la voluntad de asombro del público. Eso es precisamente un concierto de KISS: un circo conducido por unos magos que saben perfectamente como embaucar con sus acordes, sus gestos, sus arengas y sus trucos. Un espectáculo subyugador donde la música, la imagen y los efectos son casi igual de importantes.

A las 22:30 horas (con media hora de retraso sobre el horario previsto), comenzaba el ritual con una recording de Rock and roll de Led Zeppelin para introducir una voz anunciadora que, a modo de jefe de pista, rugió la esperada fórmula “All right Madrid… You wanted the best, you got the best… The hottest band in the world: KISS!!

El telón con uno de los logos más reconocibles de la historia del rock and roll caía mientras sonaban los primeros acordes de Deuce y la voz gutural de Gene Simmons. Una apertura para dejar claro que en el setlist que KISS han montado para esta mini-gira peninsular no iban a faltar los clásicos imprescindibles y que las sorpresas iban a ser las justas. Seguidamente Shout it out loud, otra de esas canciones (los KISS son maestros en composiciones con vocación de himno) hechas para ser coreadas por multitudes. Los apuros vocales de Paul Stanley fueron evidentes desde el principio del concierto (hay que tener en cuenta que era el segundo concierto en 24 horas, ya que en el Rock Fest de Barcelona actuaron a las 00:00), y la tercera canción del setlist también fue responsabilidad de Gene Simmons con War machine. A continuación otro momento de lucimiento para Simmons: era el turno de Firehouse y de que The Demon “escupiera” fuego soplando combustible sobre la empuñadura de una espada en llamas que terminó clavada en el escenario. Ya lo hemos dicho antes: puro circo que, de tan medido y predecible resulta entrañable.

El siguiente en tomar el micro fue el guitarrista Tommy The Spaceman Thayer con la canción Shock me, tema con el que se asocia emocionalmente al Spaceman original de la primera formación de KISS, Space Ace Frehley. Para rematarla, un largo solo en el que (como es habitual) Thayer apuntó y disparó varias veces con el mástil de su LesPaul. La canción más “joven” del repertorio fue Say yeah (del álbum Sonic Boom que ya tiene casi diez años) y que se lo pone “a huevo” al público para corear los “yeahs” solicitados por Paul Stanley. Otro tema a cargo de Gene Simmons (que tuvo especial trabajo durante la noche para cubrir a Stanley): I love it loud, que nunca falla para arrastrar al público con su coreable (todos lo son) estribillo.

La única sorpresa del repertorio fue la festiva Flaming youth (aunque ya venía ensayada del Rock Fest de Barcelona). Estuvo acompañada por una proyección que recorría la historia de KISS desde los tiempos de Wicked Lester, mostrando a miembros históricos como Ace Frehley o el querido Eric Carr, o incluso Mark St. John. Este montaje visual parecía otra pista de por donde irán los tiros en la futura gira (¿de reunión, despedida y sucesión?). De nuevo la voz de Gene Simmons descargaba de trabajo a Stanley con Calling Dr. Love. The Demon se ausentó durante Lick it up, con un final alargado por Stanley y Thayer con guiño incluído a The Who, para preparar otro de los momentos clásicos e imprescindibles del circo: regresaría al final del tema con un arnés camuflado bajo sus alas de murciélago para, entre humo verde y campanadas de medianoche, dejar caer la sangre que manaba de su boca por la armadura y el icónico bajo en forma de hacha. Seguidamente lo veíamos elevarse hasta el punto más alto de la estructura del escenario para cantar desde allí God of thunder.

Las fases del ritual se iban cumpliendo en el orden y momento esperado. No fue diferente cuando, con ese clásico (a regañadientes para los fans más puristas de KISS) que es I was made for lovin’ you, Paul Stanley sobrevoló al público sujeto a una tirolina para interpretar la canción en una plataforma elevada situada en el centro de la pista. Desde ella, y en 360 grados, se dejó querer como solo él sabe hacerlo. Durante todo el show Stanley, excelente frontman, no prescindió de ningún recurso para agitar a la masa: pedir palmas y brazos levantados, animar coros, invitar a responder “¡¡Boom!!” cuando hacia referencia al disco “Sonic Boom”, dividir al pabellón en dos mitades para enfrentarlas en un duelo de decibélico griterío, o atreverse con algunas palabras en nuestro idioma: hablo poquito español, pero comprendo sus sentimientos…

Los redobles de Eric Singer a modo de ametralladora anunciaron que el siguiente tema era Love gun, perfecto para que Paul regresara al escenario principal. Allí, para culminar la primera parte del show antes de los bises, Eric Singer asumió la voz desde su atalaya (que se elevó unos cuantos metros) para interpretar Black diamond, otro clásico de la banda asociado al batería original de KISS, Peter Criss.

Los bises no podían ser ya otros: sin sorpresas, sonaron Detroit Rock City seguida de Rock and Roll all nite (…and a party everyday!!). Durante la última Gene Simmons y Tommy Thayer se colocaron en sendas plataformas laterales que los elevaron varios metros entre una enorme lluvia de confetti que alcanzó a las gradas, mientras Paul Stanley, en el centro, amagaba con romper su guitarra contra el suelo… hasta que finalmente lo hizo.

Fundido a negro, recording de God gave Rock and Roll to you y final definitivo. Hora y media (exacta) de greatest hits y puro espectáculo de luz, sonido, imagen y pirotecnia (presente de un modo u otro en casi todas las canciones, sería más económico indicar en cuales no la hubo).

Es sabido que KISS es una banda en las que las labores vocales se distribuyen para que todos los miembros (también el batería y el lead guitar) tengan su momento de protagonismo. Evidentemente el grueso de las canciones se reparten entre los históricos Gene Simmons y Paul Stanley, aunque ha de considerarse que el frontman e intérprete principal es este último. Sin embargo, en el show de anoche en el WiZink Center de Madrid Stanley cantó el 50% de las canciones del repertorio, delegando bastante responsabilidad en un Gene Simmons que vio aumentada su cuota de trabajo. Posiblemente el doblete en Barcelona y Madrid en 24 horas le pasó factura, aunque en la última década es más que obvio que sus facultades vocales se han debilitado. Puede que esa sea la última pieza que complete el puzzle del futuro de la banda (o la marca) KISS. La edad y el esfuerzo que supone sacar adelante un show tan exigente (vestuario, condiciones del escenario, etc…) como al que nos tienen acostumbrados quizá empiezan a ser incompatibles. Por mucho que a Paul Stanley, a sus 66 años, las mallas le sigan quedando como a nadie.

Con todo, el show de KISS sigue siendo tan atractivo, seductor, sugerente y encantador como esos números de magia clásicos y apenas reinventados que mencionábamos al principio. Hay truco, y a veces incluso se sospecha el mecanismo o se sorprenden los pasos en falso del prestidigitador… pero nos encanta caer. No hay fingimiento, todo se disfruta con sincera complicidad. Dejarse llevar por ellos no es pecar de inocencia sino alimentar una necesidad. Y afortunadamente, de vez en cuando unos tipos maquillados que caminan sobre botas de plataformas imposibles vienen a satisfacerla. La duda es si la identidad de quienes se enfundan en el vestuario de tan icónicos personajes es lo importante.

O si lo seguirá siendo.

KISS: ¿El penúltimo beso?

Gene Simmons y Paul Stanley, los dos miembros históricos de la banda, lo reconocen sin sonrojo y con jactancia: KISS es una empresa, una marca, un negocio. En alguna ocasión han asegurado que KISS es un concepto que trasciende la individualidad de sus componentes. Esas afirmaciones parecen allanar el camino a lo que puede ser el próximo movimiento: gestionar KISS como la primera banda de rock bajo modelo de franquicia, sin ninguno de sus miembros fundadores a bordo. Uno de los debates más encendidos entre fans de otros grupos, por ejemplo AC/DC o los nacionales Burning, es la honestidad o no de continuar con el nombre de una banda cuando el número de componentes originales, por una u otra causa, se ha visto mermado considerablemente.

La jugada de KISS tiene posibilidades de ser bien encajada por sus seguidores: probablemente es la banda de rock que ha estampado su logo en la más extensa y variopinta colección de merchandising, y a la que sus fans mejor toleran (y celebran) ese espíritu comercial que se traduce en una delirante oferta de objetos oficiales, codiciados y atesorados. Por tanto, si Simmons y Stanley aprueban personalmente a sus sucesores y propician que el público participe en la selección (se rumorea un reality show de TV para desarrollar el proceso), legitimarán a la nueva formación. Es decir, la convertirán en un producto oficial, incuestionable y ortodoxo que no quedará más remedio que comprar. Cuentan además con la ventaja de unos maquillajes icónicos que enmascaran los rasgos y transforman al músico en The Demon, The Starchild, The Spaceman y The Catman. Las canciones convertidas en clásicos imprescindibles (Simmons y Stanley también se muestran reacios a publicar material nuevo) harán el resto, perfectamente envueltas en el espectáculo circense que ya es (también) marca de la casa.

Todo parece apuntar en esa dirección: el anuncio de una gira mundial de tres años (a partir de 2019) que probablemente arrope y sirva de lanzadera al reality show para seleccionar a los nuevos KISS; los recientes acercamientos y colaboraciones de Gene Simmons y Paul Stanley con antiguos miembros de la banda como Ace Frehley Peter Criss, Vinnie Vincent o los hermanos Kulick (que podrían participar en esa última gira puliendo todas las aristas de la nostalgia); y por último, el presunto registro de la expresión “End of the road” que, según se ha especulado, serviría de título a la gira.

Considerando todos estos aspectos, el paso de KISS por la península en una media maratón de cinco conciertos posiblemente sea el penúltimo beso.

Estaremos atentos… y predispuestos a poner la otra mejilla.

Señores Patata como KISS (Mr. Potato Heads in KISS outfit). Detrás, programa oficial de The Sonic Boom Over Europe Tour (2010).

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