TERRANOVA

Me pregunto quién tuvo la ocurrencia de bautizar con nombre tan esperanzador estas playas heladas donde la bruma no levanta en días. Habrá quienes la comparen con la que abraza los montes y prados de nuestras tierras, pero la de aquí oprime el corazón con un silencio que estrangula. Zarpamos de Lekeitio en mayo. Las últimas jornadas de travesía fueron tan blancas que era como quedarse ciego, entre montañas flotantes de hielo que los inuit llaman ijsbergs y que el piloto Isasi maldecía entre dientes. Si el graznido de un alcatraz anunciaba la proximidad de costa el tonelero Otxoa y yo interrumpíamos el juego de damas y escrutábamos el cielo, aun sabiendo que no alcanzaríamos a distinguir ni la cofa del mayor sobre nuestras cabezas. Cuando el beque del Vírgen de Arantzazu rajó la niebla vimos que este año no éramos los primeros en llegar. Las espirales de humo y el resplandor de los hornos donde otros balleneros ya empezaban a fundir la grasa obligaron al capitán a buscar un fondeadero menos concurrido. Yo embarqué como artillero en el Vírgen de Arantzazu precisamente para mediar, en caso de disputa, con una bombarda del mejor hierro del Somorrostro. La hubiera preferido de bronce, pero eso no dependía de mí.

Termina julio y comenzamos a patrullar la Gran Baya. Cerca de aquí se perdió el San Juan de Pasaia, y así se lo digo a Kusko y Ganeko en la primera expedición desde que establecimos el campamento. Son dos grumetes de tierra adentro, naturales de Murélaga, que solían zascandilear alrededor de mis piezas durante el viaje y que creían saber más que nadie. Otxoa tomó a Ganeko de aprendiz. Al muchacho se le había metido entre ceja y ceja ser carpintero de ribera o, al menos, ayudar a construir el almacén y la factoría donde se iba a extraer el aceite; pero Otxoa lo puso a montar las pipas y botas que en noviembre, antes de que los hielos cierren el paso, volverán en la bodega llenas de valioso saín. Kusko aprendió conmigo a cebar los falconetes y está emperrado en dirigirlos contra la arboladura de otro galeón. Por eso ambos compiten ahora con el vigía y corren de una borda a otra, de obenque a obenque; Kusko buscando velas a las que disparar y Ganeko soplidos de agua y espuma que hagan necesarios sus toneles.

Yo le digo a Kusko que en estas aguas el mayor riesgo no viene de las naves en la superficie, sino de lo que habita debajo. Y que a razón de más riesgo más carga, y eso es bueno porque entonces el tercio de la tripulación también aumenta. Otxoa nos llama para que nos reunamos con él y Ganeko cerca del castillo de proa, junto al hornillo de piedra. Con disimulo, el cocinero Arteaga nos da galletas mojadas en agua dulce. Para pasar el rato amedrentamos a Kusko y a Ganeko con nuevas historias de monstruos marinos. Si alguno de los dos ha llegado a ver una franca del Cantábrico habrá sido ya muerta y despiezada. Seguro que para ellos incluso los cazadores que iban más allá del golfo de Bizkaia pertenecen al mundo de las leyendas, como las lamiak con medio cuerpo de pez que sus amonak les contaron que acechan en rías y lagunas. Kusko y Ganeko escuchan impacientes los horrores bíblicos que Otxoa y yo nos inventamos, como si no bastara con las maravillas que han contemplado nuestros propios ojos. Por mucho que las cuadernas y baos que crujen bajo las botas de piel sean de buen roble vascongado, les decimos, podrían partir el Vírgen de Arantzazu en dos y hundirnos en un agua tan fría que los inuit ni se preocupan de aprender a nadar.

El vigía da la voz de soplidos a estribor. Es un grupo y parecen grandes. Los arponeros Urrutia, Zubeldía y los hermanos Larreta aceptan la media barrica de sidra que les ofrece el intendente Góngora. Toman un trago largo, meditabundo. Los cuatro son arrentzaleak experimentados y a Urrutia lo conozco de otras campañas. Es de Bermeo y una vez protegí su vuelta a nuestro galeón porque un danés le venía olisqueando la popa. Se echan las txalupak al mar, con seis hombres a los remos y un arponero en la primera bancada. Los palazos, como misterios del rosario de un dominico, rompen el agua y el silencio. La txalupa de Urrutia es la más veloz y los rociones de espuma que levantan los remeros pronto se confunden con los de los soplidos de la manada.

Es entonces cuando una enorme cola en forma de media luna se alza majestuosa y vuelve a caer, desbaratando la formación de nuestras txalupak. Cuando se reagrupan las vemos erizarse de sangraderas y lanzas entre las columnas de agua.

Apoyo una mano en el hombro de Kusko y la otra en el de Ganeko. Noto la tensión bajo las gruesas pellizas, ambos se han olvidado de falconetes y toneles. Lo que tienen ante sus ojos es por lo que han dejado su tierra en la otra orilla del mundo y lo que, para siempre, está a punto de cambiar sus vidas. Yo solo soy un pobre artillero de Orio que de vez en cuando ha de vérselas con corsarios de cubierta a cubierta. Poca cosa. Pero los hombres que van en esas txalupak se enfrentan a la más magnífica criatura del Antiguo Testamento.

Me parece que es Urrutia el primero que se yergue sobre la proa de su frágil embarcación, zarandeada por el oleaje. Sujeta el arpón con ambas manos cuidando de no enredarse en la estacha que puede arrastrarlo detrás. Zubeldía y los Larreta están también cerca. Una sombra oscura crece bajo la superficie. Cada vez más grande, más real. La ballena sube a respirar. Urrutia levanta el arpón sobre la cabeza.

—Mirad bien —les digo a Kusko y Ganeko.

Pero no hace falta, porque ya lo hacen. Nunca dejarán de hacerlo.

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