El regalo perfecto

La noche, como la de ayer, será silenciosa y fría.

Las articulaciones le dolerán cuando se recueste para mirar estrellas. Aguardará con paciencia a que las nubes le permitan asomarse a un hueco, pero no tendrá la suerte de encontrar ninguna como la que busque. Querrá una grande y con cola de purpurina, como la que los niños pegaban en el cielo de celofán del nacimiento. Le encantaba observar el decorado de corcho habitado por figuras que parecían vivas, hasta que le prohibieron acercarse porque ya andaba algo torpe y podía derribar un pastorcillo. Seguro que este año también lo montarán sobre la mesita del recibidor, junto al espejo dorado de la abuela.

Los viejos estorbamos en las celebraciones, se dirá. Nos alteran las visitas, hacemos ruido al comer, el azúcar nos va mal, no nos sabemos las canciones y nos asustan los petardos. Rascándose una oreja recordará que durante las últimas vacaciones lo habían dejado con otros viejos. Casi todos eran unos cascarrabias que le advirtieron cómo serían las cosas a partir de entonces. Y no se equivocaban con aquello de que los niños crecen rápido, que se olvidan de los juegos y ya no tienen tiempo para bajar al parque, o prefieren hacerlo en otra compañía. Una punzada de hambre le avisará de que nadie se habrá ocupado aún de su cena.

Unas luces a lo lejos atraerán su atención, tan brillantes como las bombillitas de colores del árbol que plantaban cerca de la ventana del salón. La primera vez que lo vio se sintió aturdido, cuando los niños levantaron la tapa perforada y la oscuridad se convirtió en risas, caricias y carreras alrededor del abeto cubierto de espumillón.

Si se parecen a las del árbol, pensará, esas luces no pueden ser malas. Dudará al separarse de sus posesiones, aunque el cordón atado al quitamiedos tampoco le permitirá alejarse mucho de la caja de cartón donde pusieron su manta y su pelota verde de goma. Lástima que olvidaran el collar con su nombre. Levantará el hocico y se pondrá a mover el rabo frente a los faros cada vez más próximos. Seguro que son ellos, que vuelven a por mí.

La noche, salvo por sus ladridos, será silenciosa y fría como la de mañana.

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