La misión del Olentzero

El elfo entra con la carta en el despacho y se acerca al escritorio. Es alto como una muralla, así que tiene que empinarse sobre las puntas de sus zapatos curvos para mirar por encima del tablero cubierto de documentos. Al otro lado, una distinguida barba de rizos blancos permanece absorta en un rollo de papel que cae hasta el suelo por el borde de la mesa. El elfo agita el sobre para llamar su atención.

—¿Qué traes ahí, Alabaster? —pregunta con voz afable el hombre de la barba.

Sin decir nada el elfo le lanza la carta. El hombre saca la barriga de detrás de su escritorio y la coge al vuelo. Lo primero en lo que se fija es en el triple sello del sobre.

—¿Un reenvío?

Alabaster mueve la cabeza afirmativamente mientras el hombre de la barba blanca estudia los sellos con detenimiento.

—Se dirigió primero a los tres astrónomos de Oriente. Ya entiendo, la petición corre prisa y ellos no llegarían hasta entrado enero —cavila en voz alta.

El elfo sacude la cabeza y los cascabeles de su gorro repiquetean tan impacientes como él.

—Entonces los astrónomos la hicieron llegar al Abuelo Frío. Pero él y su nieta de nieve solo viajan durante la última noche del año viejo. Demasiado tarde todavía, por eso nos la remiten aquí.

La parsimonia de su jefe hace que el pobre elfo pierda el gorro.

—¿Y qué tiene de especial esta carta?

El hombre extrae una cuartilla doblada del sobre y la lee mientras juega con los rizos de la barba.

—Ah, ya veo…

Alabaster ha recogido el gorro y muerde la borla de la punta mientras espera la reacción de su jefe. Lo mira acercarse pensativo a la ventana, con las manos a la espalda. El hombre de la barba contempla el paisaje nevado y comprueba que la cúpula mágica sigue protegiendo el cercado de los renos. Sin previo aviso se gira chasqueando los dedos y el elfo da un respingo, sobresaltado.

—¡Ya lo tengo, Alabaster! —exclama—. Con el embrollo que tienen montado allí ya sé quién puede llevar la carta a su verdadero destinatario… ¡Y a tiempo!

*             *             *

Frontera entre Vizcaya y Guipúzcoa, 24 de diciembre de 1936

Esta mañana la niebla ha cedido pronto al empuje del sol en el monte Kalamua. El miliciano aparta a un lado su capote y lamenta no tener con qué liar un cigarrillo. Sabe que a ningún compañero le queda para compartir, pero decide intentarlo. Al levantar la vista para pedir tabaco ve una figura que desciende ladera abajo. Viste el ropón tosco de los carboneros, lleva una boina bien calada en la cabeza y en la mano una carta. Avanza con decisión y no se oculta, aunque la trinchera enemiga está a dos pasos. Cuando llega junto al miliciano le tiende la carta sin decir una palabra.

El miliciano no reconoce al carbonero, no forma parte de la avanzadilla. Tampoco ha visto nunca sellos como los que se superponen en el sobre que le ofrece. Si son nuevas órdenes deberían haber sido entregadas al capitán Centeno, reflexiona. Saca la cuartilla y, no sin cierto recelo, lee las primeras líneas. La caligrafía infantil le resulta desconcertante, pero el carbonero se ha esfumado y ya no puede pedirle explicaciones. Lee la carta hasta al final y se queda pensativo. No sabe quién es la niña que pide que su padre —que se ha ido a la guerra, pero no a la de otro país lejano sino a una que está pasando aquí mismo— reciba su carta y pueda celebrar la Nochebuena en paz. Firma como Idoia, pero ninguna de sus sobrinas lleva ese nombre. La carta recorre la trinchera y vuelve a manos del miliciano. Nadie conoce a la niña ni ha visto al carbonero.

—¿Me oís, requetés? —grita el miliciano sin pararse a meditar lo que hace—. ¿Alguno tiene una hija que se llama Idoia?

Varias boinas rojas asoman en la trinchera del otro lado.

—¿Alguno es el padre de Idoia? —insiste el miliciano.

—Yo, yo soy —responde una voz llena de dudas.

El miliciano muestra la carta por encima del parapeto que protege la trinchera.

—Pues tengo una carta para ti —dice—. Creo que es de tu hija.

Un silencio tenso se desliza por la ladera del Kalamua. El miliciano espera que en cualquier momento las balas carlistas empiecen a zurrear sobre su cabeza. Daría hasta veinte cartuchos por un cigarrillo, se dice. Por fin, desde la trinchera enemiga, retumba la voz del capitán Ureta.

—¡Que nadie dispare! ¿Está claro? ¡Que nadie dispare!

El miliciano se tranquiliza al escuchar la réplica de su propio capitán:

—¿Quién va a querer disparar en Navidad, requeté?

El miliciano se asoma sobre el parapeto y ve a un carlista que camina, desarmado y al descubierto, entre las dos trincheras. Decide ponerse en pie, saltar al otro lado e ir a su encuentro con la mano en alto y la carta a la vista. Mientras avanza piensa que no daría veinte, sino cincuenta cartuchos por un cigarrillo.

Cuando se cruzan, el miliciano entrega la carta al carlista.

—¿De dónde la has sacado?

El miliciano está a punto de confesar que cree haber visto al Olentzero de su infancia, pero por si acaso desvía la conversación:

—¿Tenéis periódicos en vuestro lado, requeté? —pregunta.

El carlista niega con la cabeza.

—Tenemos vino. Y tabaco.

El miliciano sonríe al escuchar aquello. Mira más allá y le sorprende que varios enemigos se hayan sentado plácidamente sobre el parapeto, como espectadores de una función. Se gira hacia su trinchera y ve a compañeros haciendo lo mismo.

—Vuestro capitán tiene razón —dice el carlista, sujetando la carta de su hija con ambas manos.

El miliciano comprende y asiente con la cabeza. ¿Quién va a querer disparar en Navidad?

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