Mark Knopfler en Pamplona. Hasta siempre, «old man».

En el momento de escribir este texto me doy cuenta de que el primer y último concierto (de momento) de mi vida, han tenido como protagonista a Mark Knopfler. En octubre de 1992 tuve la agridulce fortuna de estrenarme en esto de los conciertos despidiendo a Dire Straits en el estadio de La Romareda de Zaragoza. Y el viernes 5 de mayo de 2019 siempre lo recordaré como la (probablemente) última vez (en medio ha habido varias más) que pude disfrutar del talento de mi guitarrista favorito. Algo más de un cuarto de siglo de mi existencia taraceado en la madera de las guitarras de Mark Knopfler. Todo un privilegio.

En la última década nos hemos acostumbrado a que bandas e intérpretes de pop y rock nacional e internacional anuncien a los cuatro vientos el final de sus aventuras sobre los escenarios. Algunos lo hacen con sinceridad (como los nacionales Rosendo o Burning), otros con disposición para regresar cuando se haya amortizado suficientemente la noticia (como Scorpions y Aerosmith), y otros planifican una despedida que se prolonga durante varios años (como es el caso de KISS, Ozzy Osbourne o Elton John). Mark Knopfler, fiel a su fama de hombre discreto y sosegado, sugirió con sus comentarios durante el primer concierto de presentación del álbum «Down the road wherever» (25 de abril en el Palau Sant Jordi de Barcelona) que esta podría ser su última gira. En agosto el que fuera líder de la mítica banda Dire Straits (1977-1995) cumple 70 años y se definió como «an old man», dejando caer que la cita del 25 de abril suponía su despedida de Barcelona y, por extensión, de las siguientes ciudades en las que haga escala la actual gira. Y dio la noticia a su manera, sin aspavientos ni dramas sacacuartos, como una confidencia entre camaradas de pub.

La consciencia de estar a punto de asistir a la histórica última actuación peninsular de una leyenda de la música, perfeccionó con una emoción y atmósfera muy especiales una agradable tarde de pintxos y rosados de la tierra. De local en local a lo largo del mítico recorrido de baldosa y adoquín que discurre entre la hornacina del santo y el coso, apuramos la luz del día antes de encaminarnos al Navarra Arena de Pamplona, junto al estadio El Sadar. Con el cuerpo y el corazón calientes, cruzamos la puerta del recinto con el tiempo suficiente para ubicarnos en nuestras localidades y contemplar como, poco a poco, el coqueto pabellón se iba llenando hasta la bandera.

Pasadas las nueve de la noche un presentador enfundado en una levita con los colores de la Union Jack anunció la entrada de Mark Knopfler y su LesPaul en el escenario, celebrada por los aplausos y el rugido del público. El querido y veterano guitarrista sigue manteniendo una pose inconfundible bajo los focos, con una pierna adelantada y su característica forma de apoyar la mano derecha sobre el puente de la guitarra, con meñique y anular extendidos y ese pulgar que parece capaz de llegar a cualquier parte.

Mark Knopfler en Pamplona: gestos y maneras inconfundibles…

Desde la introducción del primer tema, Why aye man? (del álbum The ragpicker’s dream de 2002), quedó claro que, tanto por la acústica del recinto como por la pericia técnica de músicos y staff, íbamos a disfrutar de un auténtico espectáculo de pulcritud y exquisitez sonora. Y cuando los metales (Graeme Blevins al saxofón y Tom Walsh a la trompeta) se unieron a la banda (¡nada menos que diez músicos multi-instrumentistas acompañan a Knopfler en esta gira!) la confirmación fue definitiva.

Mark Knopfler en Pamplona…

Por otro lado, también desde el principio pareció que la voz de Knopfler sonaba algo debilitada o demasiado rasposa (incluso para lo que es habitual en él), probablemente por la aclimatación durante las primeras fechas de la gira. Sin embargo, lejos de ser un problema, ese aparente desgaste acentuaba el cariño de sus admiradores por este entrañable old man y dotaba de todavía más personalidad a sus interpretaciones. Y es que su figura, gestos y maneras hacen sospechar de él una muy apetecible compañía para compartir una pinta o un buen malta.

Para el segundo tema del set, y ya metidos de lleno en el concierto, recurrió a su último y reciente disco de estudio Down the road wherever (noviembre de 2018), con el incitador aire funk de Nobody does that: un prodigio de arreglos donde los metales (especialmente el saxofón de Graeme Blevins), la percusión de Danny Cummings y las líneas de bajo de Glenn Worf brillaron con luz propia. A continuación llegó Corned beef City (del álbum Privateering de 2012), quizá la elección más rockera de todo el repertorio. Si ya sorprende el personalísimo sonido de Knopfler al pulsar las cuerdas sin púa, aún sorprendió todavía más su capacidad para lograr un efecto slide sobre el mástil sin ayudarse de ningún tubo o bottleneck.

Mark Knopfler en Pamplona. Corned beef City y slide sin bottleneck

El turno siguiente fue para el álbum Sailing to Philadelphia de 2000 (junto con Down the road wherever el más visitado de la noche), con el tema que dio nombre al disco: una bellísima melodía salpicada de sutiles punteos que rinde homenaje a los astrónomos Charles Mason y Jeremiah Dixon, que delimitaron la frontera entre estados del norte y sur de la Norteamérica colonial con la célebre Mason-Dixon Line.

El primer recurso al cancionero de Dire Straits llegó con Once upon a time in the west (del álbum Communiqué de 1979). La intro, construida sobre el marcial ritmo de batería de Ian Thomas y la flauta de Mike McGoldrick, nos hizo viajar en el tiempo y el espacio hasta aquel maravilloso concierto grabado en julio de 1983 en el Hammersmith Odeon de Londres y que se publicó bajo el mítico título de Alchemy Live. El público aplaudió el reconocible riff inicial de Knopfler y se sumergió con placer en el irresistible groove de aires reggae del tema más antiguo de todo el repertorio. Para no romper el mágico momento de atemporalidad, el concierto continuó con la delicada y celebérrima Romeo and Juliet (del álbum Making movies de Dire Straits de 1980). La preciosa introducción de saxo silenció al pabellón, extasiado con el metálico sonido del dobro que punteó Knopfler durante la primera mitad del tema. En esta ocasión no utilizó el famoso dobro de la portada de Brothers in arms, sino uno diferente con cuerpo de madera.

Pero estaba claro que Knopfler no pretendía abusar de la nostalgia. Al fin y al cabo, Dire Straits se disolvieron definitivamente en 1995. Esta gira (al parecer última) celebra la madurez de un hombre cuya carrera en solitario es ya más larga que la andadura de Dire Straits, más productiva y de una indiscutible y sugerente solidez. Así, la siguiente en el repertorio fue una de mis favoritas de su último disco: My bacon roll, otra de esas estampas cotidianas que tan extraordinarias vuelve Knopfler cuando las viste con su música, y que fue acompañada por las palmas cómplices del público en su tramo final.

Mark Knopfler en Pamplona… Matchstick man

Sin abandonar su nuevo disco, Knopfler presentó la siguiente canción con una divertida anécdota de sus lejanos años de autoestopista. Como bonus track de su último disco solo se sirve de una guitarra acústica, pero en directo Matchstick man sonó arropada por el fiddle (violín) de John McCusker y la uilleann pipe (gaita irlandesa) de Mike McGoldrick.

Mark Knopfler en Pamplona: Matchstick man

Resulta curioso que una multitud reciba con tan enardecidos aplausos la aparición de un instrumento concreto en el escenario. La mitología de los objetos simbólicos despierta a veces tanta veneración como el músico que los hace sonar. Y es que, por fin, Mark Knopfler presentó el icónico dobro (metal plateado y decorado con palmeras) que protagoniza la portada del álbum Brothers in arms (Dire Straits, 1985). Lo hizo para, sentado sobre un taburete, abordar la festiva Done with Bonaparte (del álbum Golden Heart, su primer trabajo en solitario de 1996), que narra las desventuras de un soldado de la Grande Armée durante la funesta campaña de la tropas napoleónicas en Rusia.

Mark Knopfler en Pamplona… y el mítico dobro de Brothers in arms.

Sin cambiar de guitarra y todavía apoyado en su taburete, llegó el turno de Heart full of holes, una de mis debilidades del disco Kill to get crimson de 2007. Un vals de aire marinero que en ciertos momentos estalla en un crescendo instrumental que a mi me sugiere (con sus culminantes golpes de platillo) el embate de las olas contra la amura de un navío o rompiendo en la base de un acantilado. Cosas mías…

Mark Knopfler en Pamplona… You can tell me your troubles, I’ll listen for free…

Otra mirada a la época de Dire Straits llegó con Your latest trick (del álbum Brothers in arms de 1985), donde la melancólica melodía de saxofón volvió a apoderarse de un pabellón silenciado por la exquisitez del sonido de una banda sin fisuras. Este último truco dio paso a Silvertown blues (del álbum Sailing to Philadelphia de 2000), una potente interpretación donde la banda demostró su buen hacer a la hora de construir los coros que sustituyeron la voz de Glenn Tilbrook (Squeeze) que aparece en la original de estudio.

El delirio se desató con una de las canciones más sorprendentes del repertorio: Postcards from Paraguay (del álbum Shangri-La de 2004): una epatante cumbia con exuberantes arreglos que generó un verdadero ambiente de fiesta en el Navarra Arena, aunque narre la dramática historia de un hombre obligado a robar un banco para saldar deudas y que, huido a Paraguay, ni siquiera puede comunicarse por medio de postales para evitar ser localizado.

Mark Knopfler en Pamplona… Richard Bennett, Danny Cummings y Guy Fletcher.

Un nuevo hit de Dire Straits, On every street (del álbum homónimo de 1991), arrancó el rugido satisfecho del público desde su primera línea. Qué lejanos parecen aquellos años en los que una canción como On every street, con dos partes muy diferenciadas (una primera lánguida donde se concentra la letra cantada y una brillante segunda mitad instrumental) era capaz de encontrar su hueco en las radiofórmulas. Delicioso el lap steel de Richard Bennett, veterano escudero de Knopfler desde la primigenia formación bautizada como 96ers (en la que también se integraron el actual pianista Jim Cox y el imprescindible Guy Fletcher) que lo acompañó en su First Solo Tour.

La recta final llegó con Speedway at Nazareth (del álbum Sailing to Philadelphia de 2000) y su impactante crescendo instrumental, perfecto para abandonar el escenario y dejar al público con ganas de más. Fue una lástima que en Pamplona Mark Knopfler volviera a omitir (igual que hizo en su show de La Coruña) la extraordinaria e imponente Telegraph road (del álbum Love over gold de Dire Straits de 1982), y que en los primeros cinco conciertos de la gira propiciaba la llegada de los bises. Una dolorosa baja en el repertorio que redujo la duración del espectáculo en un buen cuarto de hora.

Los músicos regresaron sin hacerse demasiado de rogar por los aplausos del público que reclamaba unos bises a la altura de tan irreprochable concierto. El equipo de seguridad acababa de disolver eficazmente un nutrido grupo de personas que había abandonado sus butacas en las últimas filas de la cancha durante el extático final de Speedway at Nazareth para congregarse a pie de escenario. Una cascada de luz azul se derramó oblicua sobre la banda. Unos reconocibles golpes de batería, un atmosférico sintetizador y el falsete de Guy Fletcher supliendo la voz de Sting (I want my, I want my MTv…), preludiaron el mítico riff de Money for nothing. Delirio colectivo con uno de las mayores hits de Dire Straits, desde su álbum Brothers in arms de 1985.

El inevitable final llegó con la instrumental y alegre Going home, desde la película Local hero (titulada Un tipo genial en España, de Bill Forsyth), para la que Mark Knopfler compuso en 1983 una memorable banda sonora. Es habitual el recurso a esta banda sonora para el cierre de sus conciertos (sea con Wild theme o con Going home), aunque en algunas ocasiones haya optado por Piper to the end (del álbum Get lucky de 2009). Fue una lástima, aunque perdonable, que el pulcro y perfecto sonido del concierto se viera perturbado con un par de petardazos de amplificador precisamente durante esta joya instrumental que ponía el brillante broche final.

Mark Knopfler en Pamplona… hasta siempre, old man

Hay quien dice que los conciertos de Mark Knopfler son aburridos y los califican despectivamente como música de ascensor. Me pregunto si realmente han asistido alguna vez a uno de sus shows. O si lo han hecho con la debida disposición de cuerpo y alma. No hay frialdad ni distancia en sus actuaciones. La música y los arreglos preparados para cada presentación tienden un poderoso puente entre intérprete y público. Es cuestión de emoción, disfrute íntimo y sentimiento; puro embeleso que no decayó en ningún momento de las dos horas de concierto, aunque el repertorio elegido no pretendió hacer demasiadas (ni fáciles) concesiones a los éxitos pasados. Posiblemente la exclusión de punteos complejos y rápidos como el de la clásica «Sultans of swing» y la omisión de última hora de «Telegraph road» estén relacionadas con su decisión personal (y sospecho que difícil) de dejar las giras. Aunque sus licks siguen despertando grandes emociones, hay que asumir que el tiempo pasa para todos. Y si Knopfler se despide al nivel que lo hizo ayer, solo podemos congratularnos de haber hecho todo este camino junto a él.

Si definitivamente Mark Knopfler decide bajarse del escenario (aunque prometió no dejar de componer y seguir grabando), esta será una más que digna despedida de uno de nuestros últimos guitar heroes.

Dos horas, diecisiete temas conformando un setlist sólido, estimulante y alejado de la nostalgia facilona, un sonido inmaculado y cristalino, un juego de luces nada grandilocuente pero efectivo que más que enmascarar carencias lo que pretendía era no molestar, una banda de categoría, un frontman de leyenda y un cúmulo de emociones mezclado con recuerdos, sensaciones recuperadas, y alguna lágrima traviesa en determinados momentos, solo me permiten decir una cosa más:
¡Hasta siempre, old man! ¡Y gracias por todo!

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