Correr detrás de un perro

Relato premiado como finalista en el Concurso de «Cuentos de Aventuras» (#ZendaAventuras) de la web «Zenda Libros» fallado el 17 de mayo de 2019 por un jurado compuesto por: Juan Eslava-Galán, Espido Freire, Juan Gómez-Jurado, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Vázquez.

Con catorce años, cuando todavía me llamaban la hija del farero, aprendí que correr detrás de un perro sin orejas trae consecuencias.

Una medianoche me despertaron sus lamentos bajo la ventana. Debió colarse por un hueco de la cerca que rodeaba nuestra casa del faro. Me pareció que no tenía fuerzas para ladrar y me dio lástima. A esa hora mi padre estaría en la torre alimentando el fuego de la linterna así que, si actuaba con rapidez, hasta la mañana siguiente no iba a enterarse de que había dejado entrar al perro. Agucé el oído para escuchar el ruido de las paladas de carbón en lo alto. Me calcé unas botas y eché un capote sobre mi camisón antes de salir. Al verme, el perro comenzó a dar vueltas sobre sí mismo. De repente frenaba en seco, apuntaba con el hocico en dirección al acantilado y hacía amago de echar a correr. Pero como yo desconfiaba por si pudiera estar rabioso, volvía a girar y repetía la operación. Comprendí que quería mostrarme algo. En cuanto di un paso se escabulló entre las tablas de la cerca y yo, sin pararme a pensar, salté al otro lado para perseguir en la oscuridad el rumor de su trote.

Descendimos por el sendero que llegaba hasta la primera terraza del acantilado. A partir de allí empezaban los cantos y las quebrajas. El resuello del perro me guiaba en la negrura. Lo oía saltar de roca en roca como si las hubiera memorizado mientras yo, que conocía el paisaje desde niña, tenía que ir despacio y ayudarme de las manos para no resbalar o introducir el pie en una grieta. Casi habíamos llegado a la base cuando las nubes se abrieron y apareció la luna. El perro se quedó quieto y fijó la mirada en un punto por debajo de donde nos hallábamos, con las orejas hacia atrás y pegadas a la cabeza. Tardé en darme cuenta de que en realidad le faltaban las dos. Sentí un escalofrío porque de una de las heridas aún rezumaba un líquido espeso y porque podía contar a simple vista sus costillas. Entonces, justo antes de que las nubes volvieran a ocultar la luna, descubrí los restos de la chalupa entre los escollos y el cuerpo quebrado de un hombre.

Quizá lo más prudente hubiera sido alertar a mi padre, pero me dio la impresión de que el hombre estaba vivo y decidí tratar de moverlo yo misma hasta la arena. Al llegar a su lado comprobé que no respiraba y que si se movía era porque el reflujo trataba de devolverlo al mar. La luna salió de nuevo y animó unas cuencas vacías y una sonrisa sin labios que me estremeció. El perro debía llevar días a la deriva, quizá semanas, con un cadáver como inútil timonel. Las olas tiraban del cuerpo para arrebatárselo a las rocas, así que hice de tripas corazón y registré su casaca hecha jirones. Todo lo que encontré fue una pistola de llave dañada por el agua, una brújula que no marcaba el norte, un atadijo de tela encerada y un pañuelo que parecía envolver algo. Al desplegarlo cayeron en mi palma dos triángulos de cartílago reseco y comprendí que el marino se había alimentado con lo único que tenía a mano. Me giré hacia el perro, pero solo distinguí un bulto inerte tendido sobre una roca y medio tragado por el mar. Me conmovió la fidelidad de aquel animal que, a pesar de tan terrible sacrificio, había gastado sus fuerzas en buscar auxilio para su compañero.

Deslié la tela encerada y vi que protegía un trozo de papel cuidadosamente doblado. La intermitencia de la luna me permitió ver una rosa de los vientos, el perfil de una costa sembrada de cruces y muchos números agrupados en grados, minutos y segundos. De entre los pliegues del documento se deslizó una pieza de metal. Era una moneda de oro, grande y pesada, que destelló al rozar su filo la luz de la luna. En mi cabeza se agolparon las historias de piratas y tesoros escondidos que contaban los marinos más viejos del puerto, mientras fumaban sentados en un bolardo del muelle o sobre una barrica de la taberna. ¿Habría huido aquel hombre o fue abandonado a su suerte? No sé cuánto tiempo me quedé allí, pensativa y zarandeada por las olas, hasta que un golpe de viento me arrancó el capote y me hizo reaccionar. Puse la brújula dentro del paquete encerado y lo aseguré con las cintas del camisón. La pistola y el perro habían desaparecido bajo la espuma.

Durante años guardé el secreto, ni siquiera se lo conté a mi padre. El escenario del accidente no era visible desde la cima del acantilado y los restos de madera y hueso pronto fueron engullidos por el mar. Cuando un forastero llegaba al pueblo temía que fuera un pirata en busca de su compinche o del mapa. Todos los días subía varias veces a la linterna del faro. Pasaba las horas vigilando cada vela que aparecía sobre la línea del horizonte. Y continué haciéndolo también, con el corazón en vilo, cuando me quedé sola.

Todavía lo hago.

Ya no me llaman la hija del farero. Ahora soy yo quien mantiene encendida la luz en lo alto de la torre con una lámpara de petróleo. Todavía conservo las pertenencias del infeliz al que el mar arrojó junto a su perro contra nuestra costa. Hace tiempo que identifiqué el punto que señalaban las misteriosas coordenadas. Jamás me acuesto sin preguntarme si, en ese lugar en medio del Pacífico, habrá más piezas de oro como la que llevo siempre en el bolsillo. Quizá sea ya momento de averiguarlo. Tengo un mapa y una brújula desnortada que me llevará donde yo quiera.

Al fin y al cabo, puede que la aventura sea precisamente eso: correr detrás de un perro sin orejas.

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