Puntos de fuga

El más viejo de los leones me habló una noche. Lo hizo pasando el hocico a través de los barrotes que separaban nuestras jaulas. Las moscas equilibristas que hacían acrobacias sobre sus vibrisas revolotearon y fueron a agruparse alrededor de sus ojos transparentes.

—Mi plan es perfecto —dijo. Su rugido era una tos ronca, crujiente como las bolsas de caramelos que los niños vaciaban durante las funciones—. Hoy saldré de aquí.

Yo era entonces un chimpancé impresionable, todavía obediente y cándido. Cada día, al volver de entrenar mi número, esperaba que la fuga se hubiera consumado para asombro de los demás animales. Pero el león seguía en su jaula y por la noche se acercaba de nuevo a los barrotes.

—Hoy saldré de aquí —repetía—. Mi plan es perfecto.

Pronto me convertí en un simio robusto que creía saberlo todo y dejé de tomar en serio al león. Pasaba el día tumbado sobre la porquería, comido por garrapatas que buscaban abrigo en los huecos de sus costillas. Aquel abandono me hacía apartar la mirada y de noche disimulaba pelando plátanos para no escuchar su mantra:

—Hoy saldré de aquí.

Precisamente la única noche que se mantuvo callado y lejos de los barrotes llevó a cabo su plan. Lo hizo a la luz de la luna, viejo astuto. Fue al amanecer, mientras limpiaban su jaula a manguerazos, cuando descubrimos que estaba vacía.

Ya tengo menos dientes que cicatrices y entiendo más cosas de las que me gustaría. También he descifrado el secreto de la fuga del león. Por eso cada noche espanto las moscas que me devoran, me acerco a los barrotes y llamo la atención de la joven pantera que es ahora mi vecina. Aunque intenta disimular haciendo como que mordisquea un trozo de carne, yo insisto hasta que levanta las orejas.

—Hoy saldré de aquí —le digo.

Ella ya no me cree, pero mi plan es perfecto.

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