El viejito y las luces

Hacerse viejito es una faena.

Es lo que piensa desde que las articulaciones se le han endurecido. Se nota especialmente en noches como la de hoy, tan fría y húmeda. De un tiempo a esta parte sus andares se han vuelto algo rígidos y los sentidos tampoco van muy finos. Aunque le duele todo el cuerpo al hacerlo, se acuesta de lado y levanta la cabeza. Hay nubes, muchas nubes. Solo faltaba que también se pusiera a llover. Aguarda paciente a que se abra un hueco que le permita ver alguna estrella. Una bien grande y con estela de purpurina, como la que fijaban los niños al cielo de celofán del belén. Siempre le gustó aquel escenario de corcho y musgo habitado por figuritas de todos los tamaños. La última Navidad le habían prohibido acercarse demasiado porque ya andaba algo torpe y podía volcar algún camello. Está seguro de que este año también lo montarán en la entrada, junto al retrato de la abuela, para recibir a los invitados.

Los viejitos estorbamos en las reuniones familiares, reflexiona mientras se rasca detrás de una oreja. Las visitas nos alteran, lo manchamos todo al comer y beber, los dulces nos sientan mal, nuestras gracias se malinterpretan y nos asustamos con los ruidos fuertes. El anterior verano ya sospechó que algo no iba bien porque decidieron dejarlo con otros viejitos para poder irse de vacaciones. El sitio era agradable y estuvo bien atendido hasta que volvieron a por él, pero allí solo conoció a cascarrabias empeñados en advertirle lo que iba a suceder a partir de entonces. Lo malo fue que estaban en lo cierto: los niños crecieron muy rápido, olvidaron sus juegos favoritos y ya nunca tenían tiempo para bajar al parque o, al menos, no con él.

Una punzada en el estómago le avisa de que nadie se ha ocupado todavía de su cena.

A lo lejos distingue unas luces que se mueven, tan brillantes como las bombillas del árbol que instalaban cada Navidad en el salón. Recuerda lo confuso que estaba la primera vez que lo vio. Los niños levantaron la tapa perforada y la oscuridad se convirtió en risas y luces de colores. Se había sentido aturdido, pero pronto empezó a trotar alrededor del luminoso abeto decorado con espumillón.

Si se parecen a las del árbol, deduce, esas luces que se acercan no pueden ser malas. Duda si separarse o no de sus posesiones para salirles al paso. En realidad, el cable que lo ata al quitamiedos tampoco le permite alejarse mucho de la caja donde pusieron su manta y su hueso de goma. Es una lástima que olvidaran el collar con mi nombre, se lamenta.

De un tirón consigue sacar la cabeza del lazo y se planta en medio de la carretera. Levanta el hocico, ladra y mueve el rabo delante de los faros, cada vez más próximos. Seguro que son ellos, que regresan a por mí.

A por su viejito.

4 comentarios en “El viejito y las luces

    1. ¡Muchísimas gracias, siempre hay que pensar en ellos! Y sobre todo si son «viejitos»… ¡Un saludo!

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