Desenterrando Sad Hill: los puentes de Tuco

 El mundo se divide en dos categorías, Tuco: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Tú cavas.”  (Clint Eastwood como El Rubio en El bueno, el feo y el malo. Sergio Leone, 1966)

“Todos los hombres sueñan, pero no todos lo hacen del mismo modo. Aquellos que sueñan de noche en las polvorientas recámaras de sus mentes se despiertan de día para darse cuenta de que todo era vanidad, pero los soñadores despiertos son peligrosos, ya que ejecutan sus sueños con los ojos abiertos, para hacerlos posibles.” (Thomas Edward Lawrence, conocido como Lawrence de Arabia)

 

Recuperar el cementerio de Sad Hill tenía visos de utopía. Una utopía de cine, a la medida de aquel enorme semicírculo de 5000 tumbas ficticias que el Ejército Español plantó en el Valle de Mirandilla, Burgos, para el mítico desenlace de “El bueno, el feo y el malo” (Sergio Leone, 1966). Era en su centro, cerca de una tumba anónima (unknown, decía) junto a la de Arch Stanton, donde Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Walach cruzaban sus miradas en un tenso triello acompañado por un piano obsesivo provisto por Ennio Morricone.

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Johnny Cash. Dolor y redencion

Well, you wonder why I always dress in black / why you never see bright colors on my back… (Johnny Cash en The man in black, 1971)

I hurt myself today / To see if I still feel / I focus on the pain / The only thing that’s real… (Johnny Cash en Hurt, 2002)

Won’t you help to sing / These songs of freedom? / ‘Cause all I ever have / Redemption songs… (Johnny Cash con Joe Strummer en Redemption song, 2002)

 

Johnny Cash cantaba sin artificios.

Su voz era tan grave y severa como su vestuario habitualmente negro. Pero sin alterar su reciedumbre ni parecer impostada en su intención, también podía sonar pícara, preceptora o solemne. Capaz incluso de embaucar (por ejemplo con A boy named Sue), agitar (con I got stripes o Cocaine Blues) o emocionar (con Green green grass of home o Greystone Chapel) a los presos de las penitenciarías estatales en las que actuó en varias ocasiones.

Johnny Cash, desde sus inicios en los estudios Sun de Sam Phillips en Memphis, cantaba con la calma natural de un árbol que tiende sus raíces en tierra dura y cubierta de polvo. Sin pensarlo, simplemente haciéndolo. Por necesidad e instinto. Cash construía sus canciones a fuerza de vida (y no de una vida fácil precisamente), y las compartía con prístina sinceridad.

Sin embargo, aún podía alcanzar un grado más de pureza. Entrado ya en sus sesenta, la corteza del árbol empezó a desprenderse en las sesiones producidas por Rick Rubin para American Recordings. Hasta que en 2002, visiblemente castigado por la enfermedad, Johnny Cash nos mostró el alma en toda su desnudez.

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Tom Doniphon, o el Cyrano de Shinbone

(John) Ford había escogido a Jimmy (Stewart) para el papel de héroe. Tenía a Andy Devine para el humor inteligente. Y a Lee Marvin como el llamativo villano y, mierda, yo sólo me paseaba por la película”.   (John Wayne sobre Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance, de acuerdo con Tras la pista de John Ford de Joseph McBride).

 

En 1962 Johny Wayne ya había dejado muy atrás su verdadero nombre (Marion Robert Morrison). Era una estrella indiscutible de Hollywood, actor de prestigio internacional e icono viviente. Había participado en más de cincuenta películas, protagonizado varias decenas de ellas y, por sus papeles en Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima de Allan Dwan, 1949) y El Álamo (The Alamo, dirigida por él mismo en 1960), aspiró al Óscar a Mejor Actor.

Sin embargo no tuvo reparos en aparcar otros proyectos para ponerse de nuevo a las órdenes de John Ford en un desafío a las concepciones cinematográficas modernas que exploraban nuevos caminos en cuanto a interpretación, técnica y vías narrativas: un western clásico rodado en sobrio blanco y negro, con un reparto de veteranos que ya implicaba entonces cierta nostalgia y cuyo argumento se desarrollaba principalmente en interiores iluminados de forma teatral.

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Un mundo sin Johnny Hallyday

A tiempo real, vivimos la vida que otros no vivirán. Johnny et Sylvie (José Mº Sanz Loquillo/jaime Stinus, 2004), del álbum Arte y Ensayo.

Nada permanece, todo se desvanece…  para ti la vida que te lleva, para mi la vida que me quema. Cruzando el paraíso (José Mº Sanz Loquillo/Gabriel Sopeña, 2008), del álbum Balmoral.

Et maintenant que vais-je faire… maintenant que tu es partie. Et maintenant (Gilbert Bécaud, 1962)

 

Jean-Philippe Smet ha muerto en Paris a los 74 años. Parecía imposible. Se le ha llamado y considerado “héroe”, e incluso “dios”. La ocasión invita a hacer mucha poesía con su partida. Ya se está haciendo.

Jean-Philippe Smet nos ha dejado. Siempre nos quedará Johnny Hallyday.

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Star Trek: la clave es la comunicación

En 2016 se cumplieron cincuenta años del estreno de una de las series más célebres de ciencia ficción, STAR TREK.

STAR TREK: Larga vida y (más o menos) prosperidad

Aunque fue cancelada por CBS en su tercera temporada (1966-69), durante los años setenta se produjo un resurgimiento del fenómeno gracias a la sindicación (venta de derechos a otras cadenas para su re emisión).  Su repunte de popularidad supuso la producción de dos temporadas de una serie de animación (The animated series, 1973-74) y un proyecto de serie (Phase II, 1978) abortado en favor del salto a la gran pantalla de la tripulación de la NCC 1701: USS Enterprise.

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