Que tu madre y mi padre

Relato ganador del primer premio entre más de 800 obras participantes en el concurso «Historias de Viajes» de la web literaria «Zenda Libros» convocado en agosto de 2020, y fallado el 14 de agosto de 2020 por un jurado compuesto por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Palmira Márquez.

Quién nos iba a decir que tu madre y mi padre.

Que después de años rumiando su viudedad iban a encontrarse en un curso de repostería. Mi padre, que no distinguía un cazo de una sartén, y tu madre, convencida de que no tenía nada que aprender. Que superada la rivalidad por el bizcocho más esponjoso se apuntarían juntos a una academia de bailes de salón. Tu madre, la de qué poco se lanzan estos hombres en los caribeños, ni que nos fuéramos a romper. Y mi padre, el de que donde esté un pasodoble arrimado que se quiten merengues y lambadas. Que durante el confinamiento iban a echar tanto de menos el compás y los pisotones, y que a ti y a mí casi nos costaría la razón enseñarles a hacer una videollamada. A mi padre, que cada dos por tres aseguraba que antes de existir los móviles sabía de memoria los teléfonos de la familia. A tu madre, que temía la factura sin asimilar el concepto de tarifa plana. Que luego terminarían hablando horas y horas mientras veían la misma película o preparaban cena para uno como si fuera para dos. Tu madre, que al principio solo quería que le pusieras a sus nietos. Mi padre, que tardó lo indecible en comprender que a contraluz se ve una silueta negra.

Continúa leyendo Que tu madre y mi padre

A la una… A las dos… ¡A las Wells!

Desde que desapareció, cada jueves he tomado un taxi hasta la casa abandonada de Richmond. El criado me confió la llave cuando tomó la decisión de darse por despedido. Después de una rápida inspección sacudía el polvo de los sillones y me sentaba a leer un diario, despachaba varios cigarros en la sala de fumar o registraba por enésima vez el laboratorio sin encontrar nada que anunciara el regreso del propietario.

Continúa leyendo A la una… A las dos… ¡A las Wells!

Veleidades

Microrrelato seleccionado como finalista entre 625 obras participantes en el VIII Concurso de Microrrelatos «Lola Fernández Moreno» organizado por ELACT (Encuentro Literario de Autores en Cartagena) y fallado en abril de 2020. Puedes consultar la lista de microrrelatos seleccionados en: Selección.

Las bases del concurso especificaban que el texto debía contener la frase “qué haría yo por publicar” y no exceder las 200 palabras…

Continúa leyendo Veleidades

…que tu presencia no la cambio por ninguna

Relato premiado como finalista entre más de 600 obras participantes en el concurso «Historias de Nuestros Mayores» de la web literaria «Zenda Libros» convocado en mayo de 2020. Puedes leer los relatos seleccionados en: Selección.

Desde los primeros días del confinamiento me fijé en su ventana.

Espero que nadie piense que soy un fisgón que mata las horas espiando los bloques de enfrente, pero el estado de alarma y los límites de mi ático me acostumbraron a buscar un panorama más amplio por encima de los tejados. Pasadas las ocho y con el eco de los últimos aplausos todavía en el aire, me habitué a quedarme apoyado en el alféizar viendo declinar la luz entre chimeneas de ventilación y antenas.

Continúa leyendo …que tu presencia no la cambio por ninguna

Tu propia aventura

Relato seleccionado entre más de 500 obras participantes en el concurso «Historias de Heroínas» de la web literaria «Zenda Libros» convocado en febrero de 2020. Puedes leer los diez relatos seleccionados en: Selección.

Bienvenida al juego.

Ahora te llamas Berenice. En tu tierra recibiste la ciencia de astrónomos y doctoras. Durante años te entrenaron las más diestras amazonas y los mejores maestros armeros. Aprendiste la diferencia entre luz y tinieblas con sabias hechiceras y magos poderosos. Tus viajes te permitieron dominar varias lenguas. Atravesando océanos de fuego, arena y hielo has llegado hasta aquí en busca de tu destino. Los peligros de la Torre de Cristal te aguardan.

Continúa leyendo Tu propia aventura

Helena en la batalla

Helena deja las llaves en el platillo del aparador y el escudo contra la pared.

Busca su reflejo en el espejo de la entrada. Levanta la visera para no mirarse a través de una rendija. Sus ojos parecen hundidos en un cerco oscuro. El día ha sido complicado en el despacho y lleva sin comer nada desde el desayuno. Un dragón codiciaba el mismo proyecto y demasiados paladines le han ofrecido la grupa de sus corceles para llevarla detrás.

Continúa leyendo Helena en la batalla

Una pinta de inspiración

Londres, octubre de 1843.

El escritor ocupaba la mesa más esquinada y oscura de Eb & Marley’s para evitar que algún admirador pudiera reconocerlo. Las peculiaridades del tabernero hacían de aquel local el más tranquilo en esa ribera del Támesis. El escritor necesitaba concentrarse y por eso había evitado el bullicioso The Prospect of Whitby, sin duda su preferido.

Continúa leyendo Una pinta de inspiración

Os traigo una buena nueva

Don Marcelo tiene la mirada fija en la fiambrera llena de croquetas frías. Con suspiros de resignación recuerda el asado de la Nochebuena anterior y se relame describiendo la perfección del dorado de las patatas. Doña Carmen le da un codazo y le acerca el recipiente.

Continúa leyendo Os traigo una buena nueva

Compañeros de viaje

En su retroceso el oso ha terminado por arrinconarse. Está justo en el borde, lo tengo acorralado. Sabe que si se zambulle no tendrá ninguna posibilidad. Está muy débil, su instinto le dice que solo se salvará si me sorprende en un descuido. Es un animal magnífico, no importa que la sangre que mana de sus heridas ensucie el pelaje blanco. Ya no se encuentran piezas así. En el Gran Desierto, en el Vertedero Internacional y cerca de las Tierras Sumergidas casi se ha extinguido la diversión. Las cumbres, tratados y acuerdos solo han servido para elevar el precio de los trofeos. La licencia me ha costado una fortuna, pero la expedición a lo que queda del Ártico merece la pena.

El oso me mira y gruñe. Estoy tan cerca que puedo sentir su aliento. Afianzo los pies sobre la película de agua que cubre el hielo. Lo noto frágil y quebradizo. Toda esta zona desaparecerá pronto también, fundida con el océano. Levanto el rifle, pero un crujido inesperado me hace errar el tiro. El hielo cede bajo mis botas, estoy a punto de caer y soltar el arma. El oso trota hacia mí. Pienso que me va a atacar, pero en realidad ha comprendido la situación antes que yo. Intenta alcanzar el borde opuesto para saltar a hielo firme. Le fallan las fuerzas y se desploma a mi lado. Podría rematarlo en este instante, pero el fragmento de hielo en el que estamos atrapados es muy pequeño y debo apartarme para equilibrar su peso. No me atrevo a saltar. Si caigo al agua, a pesar de los grados que ha aumentado en las últimas décadas, estaría perdido.

El oso sigue mirándome. Jadea y apenas puede moverse. Nuestro islote de hielo se aleja poco a poco y de sus bordes se desprenden fragmentos cada vez más grandes. Si no reacciono terminaremos a la deriva en un bloque de hielo que no tardará en desaparecer. Meto el rifle en su funda impermeable y lo uso como remo. Lo único que consigo es que el bloque gire sobre sí mismo. Debería remar por ambos lados a la vez para avanzar en línea recta, pero es imposible. Pienso que debería deshacerme del oso para aligerar peso. Es una lástima perder su cabeza, pero no tengo más remedio. Me levanto para preparar el rifle. El oso se mueve y me doy cuenta de que está imitando mi desesperado intento. Ha descolgado una de sus patas sobre el borde para dar zarpazos al agua. Vuelvo a mi sitio y me pongo a remar mirándolo de reojo.

¡Avanzamos! Si me lo cuentan jamás lo hubiera creído. Ahora en el mundo solo existimos el oso y yo. Y nuestro mundo, reducido a este pequeño trozo de hielo, peligra. Está abocado al desastre, la cuenta atrás se precipita. He estado a punto de matar al único ser que podía salvarme. Él me necesita y yo dependo de su esfuerzo. Si hubiera esperado a que la superficie del islote se redujera lo suficiente para remar por ambos lados, me habría alejado demasiado de la costa. Nos hemos puesto a trabajar juntos en el momento preciso. Pereceremos o nos salvaremos los dos.

Con cada golpe de rifle y zarpa estamos más cerca. Ya no vigilo al oso, me basta con escuchar su resuello para saber que sigue vivo y empujando. Pronto nos movemos entre otros bloques recién desprendidos. Casi podríamos saltar de uno a otro para llegar a hielo firme. Pero no nos arriesgamos y seguimos impulsando nuestro mundo hacia adelante.

Por fin tocamos la orilla helada.

Salto y caigo de rodillas sobre el hielo. No puedo creer que lo hayamos logrado. Busco al oso con la mirada y lo veo renquear fuera del islote. Se queda inmóvil. Me observa con desconfianza y no puedo reprochárselo. Yo asiento con la cabeza, aunque no sé si será capaz de interpretar mi gesto. Es respeto lo que quiero transmitirle. Se gira despacio y comienza a alejarse de mí. Cojea y gruñe de dolor, dejando un rastro de sangre impreso en el hielo. Lo alcanzo y me interpongo en su camino, unos metros por delante. Le sostengo la mirada y siento que un torbellino de preguntas y respuestas se arremolina en mi mente. Nuestro mundo dependía de ambos, y juntos hemos hallado una solución. Termino por comprender la paradoja: nunca lo habríamos conseguido sin cooperar, aunque de no ser por mi acoso tampoco nos habríamos visto en ese trance. 

Cualquiera podría extraer una valiosa lección de esta aventura, pero yo no.

Es mi oso. Lo respeto, pero es mío. He pagado por él.

Saco el rifle de la funda, apunto con cuidado y disparo.