Una (pre)historia de España: Altamira

Son tiempos de frío. De un frío primigenio que favorece el aprendizaje, la evolución y que las culturas se sucedan —del Solutrense al Magdalaniense y luego al Aziliense que está por llegar—, sin suprimirse por cuestión de credos o coronas. Eso vendrá con el nombre de Ishapan.

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1971. De paquetes y pacatos

Aquella tarde de 1971 el censor de la Dirección General de Cultura Popular y Espectáculos del Ministerio de Turismo no debió tener demasiadas dudas.

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El caso de la escritora rechazada

Londres, 5 de febrero de 1921.

Querida prima Amelia,

No puedo estar más orgulloso de ti. Resulta que mi primita Amy, con la que antes de ayer andaba decapitando los macizos de peonías de la tía Mildred, se ha convertido en una de las primeras graduadas en Oxford. Tarde o temprano las puertas de la Universidad tenían que abrirse para mujeres como tú. Era incomprensible que pudieras asistir y examinarte como oyente sin tener derecho al título. ¡Pero si tus calificaciones eran siempre mejores que las mías y aguantabas despierta las conferencias de mister Collingwood sobre Beowulf y Widsith! Espero que ahora, ya graduada, tu solicitud para entrar de ayudante en Saint Hugh College obtenga una respuesta favorable. ¡Quizá llegues a ser la primera profesora de Oxford! Te honra no recurrir a la influencia del tío Chester, aunque fíjate en mí: sigo ejerciendo de lector en la editorial de mister Ogilvie por no aceptar el puesto en el periódico para el que me recomendó tu padre.

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La misión del Olentzero

El elfo entra con la carta en el despacho y se acerca al escritorio. Es alto como una muralla, así que tiene que empinarse sobre las puntas de sus zapatos curvos para mirar por encima del tablero cubierto de documentos. Al otro lado, una distinguida barba de rizos blancos permanece absorta en un rollo de papel que cae hasta el suelo por el borde de la mesa. El elfo agita el sobre para llamar su atención.

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El regalo perfecto

La noche, como la de ayer, será silenciosa y fría.

Las articulaciones le dolerán cuando se recueste para mirar estrellas. Aguardará con paciencia a que las nubes le permitan asomarse a un hueco, pero no tendrá la suerte de encontrar ninguna como la que busque. Querrá una grande y con cola de purpurina, como la que los niños pegaban en el cielo de celofán del nacimiento. Le encantaba observar el decorado de corcho habitado por figuras que parecían vivas, hasta que le prohibieron acercarse porque ya andaba algo torpe y podía derribar un pastorcillo. Seguro que este año también lo montarán sobre la mesita del recibidor, junto al espejo dorado de la abuela.

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Cincuenta años y un día…

(Un relato de anaquelesabarrotados.com / @anaquelesabarr1, inspirado por el videoclip oficial de la canción Que restera-t-il? del álbum «Le coeur d’un homme» de Johnny Hallyday, Warner 2007)

La estancia no tiene ventanas. ¿Para qué, si como en otros subterráneos que ha conocido no hay nada a lo que asomarse? Solo cuatro paredes de ladrillo grosero que garantizan su confinamiento. Un cristal translúcido reforzado por una malla de seguridad permite intuir la presencia, como manchas húmedas de un test de Rorschach, de los guardias que vigilan desde fuera la puerta metálica. Allí está completamente aislado, aunque si se concentra puede distinguir los golpes de un cubo con agua y una fregona, y también el eco de suelas que van y vienen por el corredor. Un trajín urgente amortiguado por la fúnebre sensación del tiempo que se agota. El tenue chasquido del segundero de un reloj en la pared opuesta no deja de advertírselo.

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MIL Festival: Loquillo, los chicos están bien

En 1979 The Who protagonizaron una película documental concebida y dirigida por un fan de la banda, que durante varios años llevó a cabo una exhaustiva recolección de archivos audiovisuales (casi) olvidados. El montaje final presentaba a una banda pletórica de energía para la que la imagen y la actitud eran un elemento de expresión casi tan importante como su propia música. Gracias a la mágica frescura de algunas tomas, The Who se mostraron como un grupo de jóvenes inadaptados y exhibicionistas dispuestos a, además de poner en apuros a los conductores de los programas, disfrutar de cada momento.

La fotografía que ilustró la portada del LP con la banda sonora de la película y el póster promocional es ya icónica: los cuatro miembros de The Who aparecen durmiendo en el suelo y recostados contra un bajorrelieve (después de lo que puede imaginarse una larga noche de fiesta). Apoyan la cabeza en el hombro de un compañero con tierna camaradería e inconsciente confianza de unos en los otros. Aunque están envueltos en una Union Jack, el escenario de la imagen no es un rincón londinense que les resulte familiar, sino el monumento a Carl Schurz en Morningside Heights. New York, otro territorio conquistado.  Una canción del LP The Who sings My Generation (de 1965) dio título a la película y perfeccionó el significado de esa imagen de portada: The kids are alright.

La noche del sábado 9 de junio en el Mil Festival (Teruel), también fue una noche de fiesta. Loquillo y su banda fueron exhibicionistas y derrocharon actitud. Salieron a disfrutar haciendo alarde de talento y profesionalidad, pero también de fraternidad y gozo compartido, arropados por una bandera propia que desde hace décadas luce un Pájaro Loco sobre dos tibias cruzadas. La misma bajo la que viajan sus seguidores y que plantan en cada territorio que se rinde a su espectáculo. Pero sobre todo, en este tercer concierto después de casi medio año de merecido descanso tras finalizar su larga y exitosa gira Salud y Rock and Roll, demostraron lo más importante: que los chicos están bien. Muy bien.

Mejor que nunca.

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