Concilio de sombras. Un cuento de Navidad…

31 de diciembre de 2020...

Cuatro sombras vigilaban al anciano maniatado.

La más voluminosa se apartó para mirar por la ventana. La calle estaba en silencio y las guirnaldas de bombillas se veían duplicadas en la humedad del asfalto. Por la acera opuesta se acercaba una figura solitaria. El ala del sombrero y las solapas alzadas de la gabardina ocultaban su rostro. Cuando llegó a la altura del edificio desde donde era observada, cruzó sin mirar. Esa noche no había tráfico.

Ya llega el reemplazo dijo la sombra sin apartar la vista de la calle.

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Si nos ha tocado así

(«Y ESE ERA EL ÚLTIMO CUARTO. TODO EL MUNDO PREPARADO… ¡AHORA!»)

DONNNNNNG…

Alicia repite que deben empezar sobre la pierna izquierda y cambiar a la derecha, para entrar en el nuevo año con buen pie y atraer la fortuna que ha faltado el último. A sus suegros, que se han quedado en el pueblo, también se lo ha explicado por teléfono. Y sabe que su madre, de quien lo aprendió, también lo hará aunque cene sola. Lydia y Marcos ya se han comido varias uvas a escondidas. Alicia nota la mano de Gerardo en la cintura. Si lo hacemos todos bien, piensa al tomar la primera uva, quizá podamos reabrir pronto el restaurante.

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Que tu madre y mi padre

Relato ganador del primer premio entre más de 800 obras participantes en el concurso «Historias de Viajes» de la web literaria «Zenda Libros» convocado en agosto de 2020, y fallado el 14 de agosto de 2020 por un jurado compuesto por Juan Eslava Galán, Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Palmira Márquez.

Quién nos iba a decir que tu madre y mi padre.

Que después de años rumiando su viudedad iban a encontrarse en un curso de repostería. Mi padre, que no distinguía un cazo de una sartén, y tu madre, convencida de que no tenía nada que aprender. Que superada la rivalidad por el bizcocho más esponjoso se apuntarían juntos a una academia de bailes de salón. Tu madre, la de qué poco se lanzan estos hombres en los caribeños, ni que nos fuéramos a romper. Y mi padre, el de que donde esté un pasodoble arrimado que se quiten merengues y lambadas. Que durante el confinamiento iban a echar tanto de menos el compás y los pisotones, y que a ti y a mí casi nos costaría la razón enseñarles a hacer una videollamada. A mi padre, que cada dos por tres aseguraba que antes de existir los móviles sabía de memoria los teléfonos de la familia. A tu madre, que temía la factura sin asimilar el concepto de tarifa plana. Que luego terminarían hablando horas y horas mientras veían la misma película o preparaban cena para uno como si fuera para dos. Tu madre, que al principio solo quería que le pusieras a sus nietos. Mi padre, que tardó lo indecible en comprender que a contraluz se ve una silueta negra.

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El hastagh y el mar

El lamento y la muerte llegaron antes que la pleamar.

La maniobra del remolcador para volver al puerto confirmó el fracaso a la multitud que observaba desde el paseo. El cuerpo inerte se hundía en la arena y los improvisados rescatistas ya habían dejado de rociar con cubos de agua el lomo lustroso de la ballena. La mezcla de rabia y desolación los dispersó. Algunos buscaron consuelo y respuestas en el horizonte. Otros se tendieron sobre las huellas que había dejado una excavadora y cerraron los ojos renegando del cielo.

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