Que tu madre y mi padre

Quién nos iba a decir que tu madre y mi padre.

Que después de años rumiando su viudedad iban a encontrarse en un curso de repostería. Mi padre, que no distinguía un cazo de una sartén, y tu madre, convencida de que no tenía nada que aprender. Que superada la rivalidad por el bizcocho más esponjoso se apuntarían juntos a una academia de bailes de salón. Tu madre, la de qué poco se lanzan estos hombres en los caribeños, ni que nos fuéramos a romper. Y mi padre, el de que donde esté un pasodoble arrimado que se quiten merengues y lambadas. Que durante el confinamiento iban a echar tanto de menos el compás y los pisotones, y que a ti y a mí casi nos costaría la razón enseñarles a hacer una videollamada. A mi padre, que cada dos por tres aseguraba que antes de existir los móviles sabía de memoria los teléfonos de la familia. A tu madre, que temía la factura sin asimilar el concepto de tarifa plana. Que luego terminarían hablando horas y horas mientras veían la misma película o preparaban cena para uno como si fuera para dos. Tu madre, que al principio solo quería que le pusieras a sus nietos. Mi padre, que tardó lo indecible en comprender que a contraluz se ve una silueta negra.

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