Loquillo y Zaragoza… Como jugar en casa

Zaragoza, Pabellón Príncipe Felipe. 1 de diciembre de 2018. 

Es de sobra conocida la afición por el baloncesto de Loquillo, demostrada por su declarada predilección por los Boston Celtics, como patrocinador del Easo Saskibaloi Taldea de Guipúzcoa, en aquellos primeros saltos (que no pasos) como escolta en el Cotonificio de Badalona de Aíto García Reneses y Andrés Jiménez allá por los 80s, y con su amistad con Epi o Roger Esteller, el Tigre de Sants. El conocimiento y práctica de este deporte es lo que últimamente le ha llevado a comparar el rock and roll con el básquet, afirmando que ambos son una cuestión individual que se juega en equipo. Es por ello que durante las últimas décadas el Loco ha dado la cara como solo él sabe hacerlo mientras los fichajes y los secretos de vestuario conformaban la impecable, sólida y espectacular banda con la que se plantó el pasado sábado en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza; precisamente el día del 35 aniversario de que el CAI Zaragoza se proclamara Campeón de la Copa del Rey frente al Barcelona.

Todas la piezas encajaban pues (personal, artística, conceptual y sentimentalmente hablando), con una precisión incuestionable en este espectáculo: lo hicieron con ese ¡click! tan satisfactorio que indica que las esquinas y aristas no se han desgastado, que el tiempo no ha hecho mella, que la estructura sigue firme y que, en el momento de celebrar 40 años de Rock and Roll Actitud, hay ilusión de sobra para no ceder a vientos ni oleaje.

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Loquillo… cruzando el ecuador en Valencia

Dice el estribillo de una canción de 1988: “No hables de futuro es una ilusión…

Al escucharlo es difícil que el instinto y la memoria musical no hagan su trabajo y obliguen a completarlo, mentalmente o a pleno pulmón: “¡…cuando el rock and roll conquistó mi corazón!”. Podría decirse que esa canción es realmente un himno, y que ese estribillo es una declaración de principios. La de alguien que ha dedicado toda su vida, sin miedo a volar, a un estilo musical tan celebrado como castigado en nuestro país por la indiferencia de algunos medios; pero también es el grito de guerra de esa gente normal que, a pie de escenario, celebra este fin de año un aniversario poco habitual en nuestro país junto a un artista que ha conseguido llegar a varias generaciones con una ininterrumpida y sólida dinámica disco-gira: Loquillo. Son ya 40 años prodigándose por los escenarios, contando sus discos por decenas y sumando, década a década, nuevos clásicos a su extenso cancionero. Por eso los shows que conforman esta mini-gira bautizada como “40 años de Rock and Roll Actitud” rozan las tres horas de duración con una selección de más de treinta temas que recorren toda la trayectoria de Loquillo.

“40 años de Rock and Roll Actitud” ya ha cruzado su ecuador: solo quedan las citas de Bilbao, La Coruña, Zaragoza y Barcelona. El Loco está en un gran momento, la banda cada vez suena mejor y las canciones siguen creciendo y ganando profundidad con cada arreglo añadido. Aún quedan oportunidades y nadie debería perdérsela.

Al fin y al cabo, es historia de nuestra vida. Sí, aunque quizá no lo sepas, también de la tuya.

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Loquillo 40 Aniversario: toda una vida

Auditorio Rocío Jurado, Sevilla. 5 de octubre de 2018.

José María Sanz, Loquillo o el Loco para usted y para mí, celebra 40 años sobre los escenarios. Un aniversario enorme y del que pocos (¿nadie, quizá?) pueden presumir en nuestro país. Menos todavía de alcanzarlo sin interrupción en la dinámica disco-gira y, desde luego, nadie con la dignidad y repunte de popularidad que Loquillo ha conseguido en la última década. Un momento dulce para un rocker y una banda que, en las primeras filas de sus conciertos, congrega ya a los nietos de aquellos padres vigilantes que lo miraban tan mal en uno de aquellos himnos primigenios (y ya intergeneracionales), El ritmo del garaje.

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MIL Festival: Loquillo, los chicos están bien

En 1979 The Who protagonizaron una película documental concebida y dirigida por un fan de la banda, que durante varios años llevó a cabo una exhaustiva recolección de archivos audiovisuales (casi) olvidados. El montaje final presentaba a una banda pletórica de energía para la que la imagen y la actitud eran un elemento de expresión casi tan importante como su propia música. Gracias a la mágica frescura de algunas tomas, The Who se mostraron como un grupo de jóvenes inadaptados y exhibicionistas dispuestos a, además de poner en apuros a los conductores de los programas, disfrutar de cada momento.

La fotografía que ilustró la portada del LP con la banda sonora de la película y el póster promocional es ya icónica: los cuatro miembros de The Who aparecen durmiendo en el suelo y recostados contra un bajorrelieve (después de lo que puede imaginarse una larga noche de fiesta). Apoyan la cabeza en el hombro de un compañero con tierna camaradería e inconsciente confianza de unos en los otros. Aunque están envueltos en una Union Jack, el escenario de la imagen no es un rincón londinense que les resulte familiar, sino el monumento a Carl Schurz en Morningside Heights. New York, otro territorio conquistado.  Una canción del LP The Who sings My Generation (de 1965) dio título a la película y perfeccionó el significado de esa imagen de portada: The kids are alright.

La noche del sábado 9 de junio en el Mil Festival (Teruel), también fue una noche de fiesta. Loquillo y su banda fueron exhibicionistas y derrocharon actitud. Salieron a disfrutar haciendo alarde de talento y profesionalidad, pero también de fraternidad y gozo compartido, arropados por una bandera propia que desde hace décadas luce un Pájaro Loco sobre dos tibias cruzadas. La misma bajo la que viajan sus seguidores y que plantan en cada territorio que se rinde a su espectáculo. Pero sobre todo, en este tercer concierto después de casi medio año de merecido descanso tras finalizar su larga y exitosa gira Salud y Rock and Roll, demostraron lo más importante: que los chicos están bien. Muy bien.

Mejor que nunca.

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Navarra Sur Festival: Loquillo y la épica del rock bajo la lluvia

Viernes 1 de junio de 2018. La primera jornada del “Navarra Sur Festival” en Tudela contó con un recurso escenográfico que, aun no siendo inesperado, tampoco fue precisamente bienvenido: una tormenta con importante aparato eléctrico. La meteorología respetó a los dos primeros grupos de la noche (Los Moths y Rufus T. Firefly), pero durante la actuación de Loquillo y su banda una lluvia recia y obstinada obligó a la mayoría del público a protegerse con chubasquero y paraguas. Y decimos “la mayoría” porque algunos fans de primera fila decidieron cerrarlos y disfrutar el show con las manos libres y sin obstáculos que dificultaran la visión, los bailes o los saltos de celebración, entendiendo y viviendo el aguacero, los truenos y los relámpagos como parte del espectáculo.

Las noches de rock y tormenta se recuerdan de forma especial. Hay ejemplos que han pasado a la historia por ese mal recibido visitante que es la lluvia pero que, si quien ocupa el escenario se maneja con sabiduría y hace cómplice al público, termina sorprendentemente calentando aún más los corazones: aquellos días de “paz y amor” en Woodstock en el ’69, el ya mítico show de The Rolling Stones en julio de 1982 en el Vicente Calderón (sí, ese en el que todo el mundo asegura haber estado), los enormes espectáculos de Johnny Hallyday en el Stade de France en septiembre de 1998, el intermedio a cargo de Prince en la final de la SuperBowl en Miami en 2007 o, imborrable recuerdo personal, aquel diluvio sobre Donosti durante la actuación (de principio a fin) de Bruce Springsteen y The E Street Band en Anoeta en junio de 2012.

Quizá en las condiciones que se dieron anoche en Tudela lo “fácil” (hay quien piensa que debe resultar sencillo pero puede que no exista una decisión más odiada para un artista comprometido que suspender una actuación) hubiera sido desconectar sin ni siquiera subir al escenario. Pero Loquillo demostró anoche tener la categoría, la banda y el repertorio necesarios para remontar una situación adversa y no solo sacar adelante el concierto, sino también de dejar al público con ganas de más.

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