El último maestro

El pueblo encogió en el retrovisor hasta parecer el cadáver de un jabalí sobre matorrales de tomillo. De su espinazo de tejas y chimeneas hundidas sobresalía la lanza de un campanario sin campana ni cigüeña. Junto al hocico que dibujaba la tapia desmoronada de un corral, varias personas agitaban los brazos en alto. La mirada del conductor se humedeció cuando desaparecieron para siempre de su vista al trazar una curva. Los ojos se le pusieron como charcos y detuvo el «dos caballos» a un lado del camino para secárselos. Acababa de caer en la cuenta de que todos los que se quedaban detrás del cerro nunca habían dejado de llamarle maestro, aunque ya no fueran los niños que lo recibieron en la estación.

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