Vargas Blues Band. Bluesman Live Tour 2026. Sala Z, Zaragoza. 12 de febrero de 2026. 21:00h.
(Texto y fotos de Jesús Gella Yago)
Javier Vargas estrena 2026 con el lanzamiento simultáneo de su último disco de estudio, Barrio Blues, y un libro autobiográfico bajo el título Historias de la carretera. El exquisito y mestizo sonido de uno, siempre entre el fuego cruzado del blues y la música latina, y la azarosa ruta narrada en el otro, trazan una semblanza perfecta para acercarse a este peregrino del blues nacido en Madrid dentro de una familia con poderosos vínculos con Latinoamérica.

Un vistazo a ‘Historias de la carretera’…
Nos cuenta Javier Vargas en Historias de la carretera su infancia en Mendoza y su dulcamara epifanía de ida y vuelta en una Buenas Aires a caballo entre las décadas de los ’60s y los ’70s. Nos habla del traslado de la familia a Mar del Plata, del primer tocadiscos, la primera española y la primera Faim eléctrica, de las zapadas en garajes, de las cabinas de tiendas musicales, del aprendizaje de calle, de sus quince gloriosos minutos emulando a Cream en un concurso de guerra de bandas, del impacto de la British Blues Invasion, del descubrimiento de Santana, Led Zeppelin y Jethro Tull, de la buena onda argentina. De la conclusión de que para latir con corazón la gramática del blues exige una vida vivida, necesaria para sangrar en cada una de las notas de un sentido blues escrito para Jacky Patruno. Después de conocer un convulso Chile, recalar en Caracas y ser tentado por New York, Javier Vargas aceptó la guía paterna y tomó un halagüeño desvío a Nashville a bordo de un greyhound con equipaje y bolsillos bien ligeros: allí le aguardaba una habitación de college más allá de cuyas paredes se abría la Tierra de Promisión del country & western, pero también del jazz y el blues en clubes de jam sessions, de marihuana y Jack Daniel’s con leyendas, de predicciones cinematográficas en el Mullenbridge. De Nashville se trasladó Javier Vargas a la jungla de Los Ángeles con dos guitarras al hombro y un cheque imposible para apostar la piel por el blues y el funky en el Watts, frecuentar templos como el Whisky a Go Go, el Roxy o el Troubadour descubriéndolo todo antes de que nada hubiera sucedido aún, para aspirar a la leyenda con Bob Hire y Canned Heat o con Eddie y David Lee antes de que el volcán hiciera su definitiva erupción, o para vivir encuentros fellinianos y saber rechazar el inframundo del Hollywood babilónico. Después de una temporada en San Francisco regresó al viejo continente, primero a Londres con el rabioso estallido del punk y la new wave, luego Barcelona y de nuevo a un Madrid radiante que iba a cambiarle la vida en aquellos locales donde se fraguaba el futuro de la música. La sombra acechante de las drogas, los malogrados ensayos con Burning, las andanzas con Cráter, Banana y Pasarela, el encuentro con Manolo Tena y Tequila, vivir la noche roja con Miguel Ríos y aprender a su lado que los viejos rockeros nunca mueren o que el rock and roll es un bumerang, la bulliciosa Movida y su mano luminosa de neón de color rosa, girar con la delirante e inclasificable Orquesta Mondragón, la consolidación como compositor con Miguel Ríos, Joaquín Sabina o Manolo Tena, estar en busca y captura por preferir la música al uniforme (¡puro blues!), los oscuros días de Comando Rock, el desconcierto de un accidente soñado (¿o no?), los primeros discos con RH Positivo pero con la mente siempre puesta en formar una anhelada banda de blues con su propio nombre. Con la revelación de Texas Flood y después de la Arcadia ibicenca, con la magia de un año capicúa y cuerdas nuevas en la Strato, nació por fin la Vargas Blues Band; y con ella llegaron la grabación de su debut en una buhardilla con vistas a un mundo que acababa de perder el doble torrente de la voz y guitarra de Stevie Ray Vaughan, los claroscuros del business, una prometedora primera triada de discos, el éxito de Gipsy Boogie con Chill Out como irresistible carta de presentación, la complicidad de John Lee Hooker, Carlos Santana, Prince o Raimundo Amador, directos grabados en Madrid y en el local de Buddy Guy en Chicago… Todo esto (y más) cabe en la biografía de Javier Vargas, el sinuoso derrotero que puso en el mapa a un bluesman internacional. El siglo XXI de Vargas Blues Band quizá ha sido menos ruidoso en unos medios que parecen proscribir el rock y el blues, pero ha resultado asombrosamente productivo (¡su trayectoria suma más de treinta títulos entre trabajos de estudio y registros en directo!), con nuevos hermanamientos, grandes colaboraciones, prodigándose siempre en una gira continua que solo pudo interrumpir una pandemia capaz de silenciar el mundo, o también respondiendo a la llamada de gigantes como Toto o The Rolling Stones.
Esto es lo que cuenta cuenta Javier Vargas en Historias de la carretera, a veces con excesiva brevedad en episodios que nos hubiera gustado conocer con algo más de suculento detalle. La esencia de una vida vivida traste a traste para construir a un genuino bluesman, y que mana de sus cuerdas desbordándose en cada concierto.

En la década de los noventa y principios de siglo tuvimos la suerte de que su presencia fuera recurrente sobre los escenarios de Zaragoza (llegó incluso a rubricar un fin de fiestas del Pilar con un atronador show en pleno paseo de la Independencia), pero llevaba un tiempo sin dejarse caer por nuestra ciudad. Por eso, la cita de este febrero con Vargas Blues Band en la Sala Z era algo ineludible. Si en su biografía escrita resulta a veces demasiado escueto, seguro que esta noche (como cada noche pasada y cada noche aún por venir) iba a explayarse haciendo hablar con su proverbial elocuencia a la guitarra de un verdadero peregrino del blues.

Cuando un corazón habla, siempre hay otro que escucha
Pasados pocos minutos de las nueve Javier Vargas subió al escenario de la sala Z con camisa western con canesú de leopardo a juego con sus Vans, gafas oscuras, bandana negra y su característica mosca triangular bajo el labio inferior. Lo hizo precedido de Peter Kunst, que ocupó su lugar en la batería y de Luis Mayo que, con vistosa camisa de aire jamaicano salpicada de efigies de Jimi Hendrix, se posicionó con su poderoso bajo. Javier se colgó la guitarra con un strap de notas musicales a la manera de Stevie Ray Vaughan y se dirigió al público para afirmar su satisfacción por «estar de vuelta en Zaragoza», recordando que «hacía mucho tiempo que no pisaba esta tierra». Sin más preámbulos y con caballito tequilero en el meñique a modo de slide se lanzaron a por una particular versión de la instrumental Rumble de Link Wray, siempre estimulante para introducir cualquier espectáculo.

El poderoso bajo de Luis Mayo y la arrolladora batería de Peter Kunst recibieron a Bobby Alexander bajo los focos para poner su rugosa y sólida voz al servicio de Down underground, sin adornos ni estridencias, con la honesta y efectiva sobriedad que exigía el elocuente discurso de una batería, un bajo y una guitarra capaces de expresarlo todo. Alternó slide y golpes de trémolo Javier en los primeros solos de la noche antes de que Bobby animara al público a acompañar con palmas el arranque de Long way from home, en la que rompió su voz mientras el imprescindible wah wah de Javier adornaba la sinuosa melodía sobre el andamiaje rítmico armado por Luis y Peter.



Declaró Javier su cariño por Zaragoza recordando sus primeras actuaciones en el Centro Cultural Delicias y aprovechó para presentar a la actual formación de Vargas Blues Band, para seguidamente alimentar con buen carbón la caldera de la locomotora en la vibrante Magic train. Luis Mayo buscaba las notas cerca del puente, los platos de Peter remachaban las vías y la guitarra de Javier animaba la combustión para impulsar el convoy. Después de cuatro temas seguidos extraídos de su penúltimo disco de estudio, Down under blues (2025), llegó el momento de echar la vista atrás para reivindicar el enorme Texas Tango de 1995 con una siempre bienvenida Black Cat Boogie que sonó como una auténtica apisonadora. Se repartieron las estrofas Bobby Alexander (que llevó su voz al límite) y Luis Mayo (que además engrandeció el tema con un contundente slapeo que parecía retar a los tambores de Peter), mientras Javier se dejaba llevar por la pleamar hasta hacer sonar su guitarra con los dientes.


Animado por Javier el público acompañó con palmas el tramo final de esta epatante Black Cat Boogie, antes de anunciar que a continuación iban a abordar «un blues algo más suave». El elegido fue Trouble mind (del disco Bluestrology de 2010) en la que Bobby Alexander, tras culminar el mantra que repite el título al final de la canción y recibir el aplauso del público, exclamó «¡me gusta, me gusta!» en nuestro idioma. Sin abandonar Bluestrology (en la que se incluyó como bonus track) y recordando su puesta de largo en el directo Last Night (2002) grabado en el club Buddy Guy’s Legends de Chicago, nos deleitaron con la enérgica Make sweet love 2 you. Bobby jugó con el público al principio del tema y Javier continuó sirviendo diabluras a golpe de slide y tirones de trémolo.


Dedicó un instante Javier a hablar de su biografía Historias de la carretera «en la que cuento lo bueno, lo regular y lo malo» y para recomendar su lectura «si queréis saber por qué cojones estoy aquí sobre un escenario». Regresaron así al disco Down under blues de 2025 con el tema que le dio título y al que, siguiendo la llamada de la guitarra de Javier, encadenaron la irresistible y arrolladora Texas Tango. Llegó a continuación otro de los muchos grandes momentos de la noche con una espectacular Back Alley Blues, felizmente recuperada de ese gran disco de 1997 que fue (y es) Gipsy Boogie. La presentó Javier Vargas como «Bájale» Blues y, replicando con la eléctrica el evocador aire andaluz de su introducción, nos sumergieron en un musculoso blues durante el que barrió repetidamente el mástil de su guitarra levantándola de nuevo para hacerla sonar con sus dientes a la acrobática manera de Jimi Hendrix o T-Bone Walker. El público aplaudió con entusiasmo el derroche instrumental y vocal.

Contó Javier que estando en el Buddy Guy’s Legends de Chicago tuvo oportunidad de preguntar al legendario Pinetop Perkins, teclista de Muddy Waters, lo que era para él el blues. Chupito en mano, el nonagenario bluesman del delta respondió: «whisky, women and wine». Una sentencia (quizá inspirada por un añejo blues de Papa Lightfoot) de la que Javier Vargas supo aprovecharse para su disco Back in Memphis, grabado en 2022 con participación de músicos de The Blues Brothers y Double Trouble.

Con el debido respeto a los mayores decidieron rendir tributo a uno de los tres grandes reyes del blues, Albert King, con Born under a bad sign. Bobby Alexander lo dio todo para hacer justicia al legendario Memphis Soul Sound de Stax y se ganó un merecido descanso, cediendo el micrófono al bajista Luis Mayo al terminar.


Recordó Javier Vargas que entre sus composiciones para otros artistas se encuentra una de las más célebres canciones de Joaquín Sabina, incluída en su disco Física y Química de 1992. Explicó que Sabina la grabó a la manera de J.J. Cale mientras él la había imaginado más próxima a Jeff Beck, tal como acaba de aparecer en el disco Barrio Blues de Vargas Blues Band. Dedicada a Joaquín Sabina, que ese día cumplía precisamente setenta y siete años, sonó la vigorosa Conductores suicidas, en la que Luis Mayo llevó la voz cantante.

Para el último tercio del espectáculo tenían reservada la vertiente más latina y delicada del repertorio. Luis Mayo cambió su rotundo bajo por el sutil pero eficaz nylon de una Godin acústica tocada con los dedos para acompañar la prédica de la eléctrica de Javier Vargas en Barrio Blues y Spanish wine, dos hermosísimas piezas instrumentales en las que la guitarra de este peregrino del blues pareció hablar bajo la influencia de Carlos Santana que tanto ha impregnado sus mañas y maneras.

«¡Es un placer estar tocando para gente con tanto feeling!», exclamó Javier Vargas al ser recompensado su buen hacer con un prolongado aplauso, y añadió: «¡Cuando un corazón habla siempre hay muchos que lo escuchan!».
Como es de justicia darle al César lo que le corresponde, Javier reivindicó la autoría de la letra en nuestro idioma que escribió sobre un tema de John Lee Hooker y Carlos Santana, y que el mismo Santana sigue usando en sus propios directos. «Hay mucha gente que cree que es suya», afirmó Javier, «pero salió de aquí y aquí», completó refiriéndose a su mente y corazón. Así volvió Javier a hacer hablar a su guitarra en una extensa y gozosa Sácalo (Chill out), en la que Bobby interpretó la parte en inglés y Luis (todavía con la radiante Godin acústica) se hizo cargo de la pletórica parte en español. Un puente instrumental de irresistible sabor funky prolongó el tramo final y llevó este célebre tema de 1995 a lo más alto.


Amenazaba Javier Vargas con retirarse del escenario pero la insistencia del público fue recompensada con un tema más para poner un radiante broche final. A nuestra espalda alguien solicitó con evidente apasionamiento que la elección fuera Sucio y desprolijo, trepidante tema del argentino Pappo que Vargas Blues Band versionaron en el disco Cambalache y bronca de 2017. Sin embargo, como no podía ser de otra forma, el honor de cerrar este estupendo concierto correspondió a esa singular belleza instrumental titulada Blues latino que apareció en el primer disco de la banda, All around blues (1991), y que tuvo una celebrada segunda oportunidad cuando la recuperaron en 1994 para otro álbum al que además dio título. Su cristalina melodía nos transportó a aquellos años en los que un tema instrumental podía posicionarse en las listas y sonar en las radiofórmulas. El blues es un viaje de emociones en tiempo y espacio, y peregrinos como Javier Vargas los mejores guias.

Al bajar del escenario Javier se dedicó, sin prisas y con simpatía, a firmar ejemplares de sus últimos discos y de Historias de la carretera, a compartir conversaciones y fotografiarse con quien tuvo a bien pedírselo. No dejamos escapar la ocasión de acercarnos y declararle nuestra admiración desde sus primeros años con Vargas Blues Band. La contamos que la última vez que lo vimos en directo fue abriendo para The Rolling Stones en el Wanda Metropolitano y le manifestamos nuestro sincero deseo de tenerlo pronto de vuelta sobre algún escenario de nuestra ciudad. Él prometió hacerlo y pasar lista para asegurarse de que íbamos a estar allí…
¡Por nuestra parte prometemos no faltar, aunque sean tiempos tan difíciles como idóneos para el blues!
«Cuando una corazón le había a otro y este le escucha, la música es universal; no entiende de colores ni de razas«
«Cuando alguien me dice ‘¡vamos a tocar!’ nunca pregunto ‘¿cuánto?’ sino ‘¿dónde?’…»
