Nat Simons – Lights Tour. Botas hechas para caminar.

Igual que la red de arrugas que la experiencia va imprimiendo en un rostro, los pliegues del empeine de unas botas son el mapa de un territorio vital. No conviene disimularlas porque definen personalidades únicas. Y las botas que Nat Simons luce sobre el escenario son evidencia de un largo recorrido. Los roces en el filo de las suelas hablan de un camino, de un viaje de búsqueda que llevó a su propietaria hasta los bosques de Carolina del Norte para trabajar mano a mano con Gary Louris (de The Jayhawks, ese gran grupo que quizá llegó un par de décadas tarde) para facturar su último disco, Lights.

Lights llega después de Home on high (2013), Trouble man (EP de 2015) y de su colaboración en el western Stop over in hell (Víctor Matellano, 2017), que le valió una nominación al Goya a mejor canción original por Sometimes. No es poco camino para esta madrileña nacida en el 85 que, con su nuevo disco, ha consolidado su estatus de más notable representante del sonido americana de nuestro país.

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De pepinos, titulares y redes

(Pretendemos hablar de esto sin entrar en política, hacer interpretaciones sobre el espíritu y aplicación de determinadas leyes, analizar el alcance de conceptos como la libertad de expresión, ni cuestionar la trayectoria o los discursos musicales y artísticos de los implicados. No será fácil, pero lo intentaremos.) 

El pasado domingo 22 de abril muchos leímos con estupor un titular que incluía entrecomillada una declaración de José María Sanz, Loquillo, sobre las circunstancias del rapero Valtonyc. Era un titular contundente, sin duda. Tenía pegada. Los titulares relacionados con Loquillo suelen tenerla. No por nada se dice de él que es una máquina de generar titulares. Será porque llega a las entrevistas con los deberes hechos para ponérselo fácil al periodista que vaya a tener delante. Es una forma de controlar y asegurarse de que lo que el medio pone en su boca coincide con el mensaje que el propio Loquillo quiere que trascienda. Un tipo listo, la experiencia es un grado. Además, probablemente, el periodista se sentirá satisfecho porque pensará que el hallazgo del titular es mérito suyo.

Pero esta vez Loquillo parecía no haber medido con la suficiente cautela el alcance de sus palabras. El titular resultaba tan sonoro como un bofetón, e igual de doloroso. ¿Se había descuidado Loquillo sobrepasando los límites de la provocación que siempre ha caracterizado a su personaje? ¿La incorrección política a la que cantaba en uno de sus últimos discos, Luis Alberto de Cuenca mediante, se le había ido de las manos? ¿Realmente el titular reflejaba su forma de pensar en ese tema?

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Gabinete Caligari y el equipaje del desgraciao

“Si te sientes un pobre desgraciao / si te duele la vida o te han dejao tirao / la sangre de tu tristeza será el perrito fiel / que mantendrá con firmeza tu nombre en el cartel…” La sangre de tu tristeza (J. Urrutia, F. Presas, E. R. Clavo, E. Hirschfeld), del álbum Camino Soria (EMI, 1987)

“Adiós, mi amor, bye bye bye / No dejo huellas ni ilusiones, ni una sola amistad / Me voy sabiendo que nadie me va a añorar…” Nadie me va a añorar (J. Urrutia, F. Presas, E. R. Clavo), del álbum Subid la música (Get, 1998)

 

Jaime Urrutia (voz y guitarra), Edi Clavo (batería) y Ferni Presas (bajo) formaron una banda de nombre recordado, reconocido  y respetado; pero con un legado musical cuya profundidad quizá haya quedado algo incomprendida (desapercibida incluso), víctima de las mismas etiquetas y clichés (en parte propiciados por ellos mismos) que les dieron fama. La referencia a la cumbre del cine expresionista alemán Das Cabinet des Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920) y la riqueza de sus influencias que abarcaban desde Gene Vincent a Joy Division, anticipaban que Gabinete Caligari no iban a optar por el camino fácil. Conocieron el triunfo y la fama pero también las consecuencias del mainstream devorador. La displicencia con la que los medios acogieron sus últimos trabajos finiquitaron la trayectoria del grupo en 1998.

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Johnny Cash. Dolor y redencion

Well, you wonder why I always dress in black / why you never see bright colors on my back… (Johnny Cash en The man in black, 1971)

I hurt myself today / To see if I still feel / I focus on the pain / The only thing that’s real… (Johnny Cash en Hurt, 2002)

Won’t you help to sing / These songs of freedom? / ‘Cause all I ever have / Redemption songs… (Johnny Cash con Joe Strummer en Redemption song, 2002)

 

Johnny Cash cantaba sin artificios.

Su voz era tan grave y severa como su vestuario habitualmente negro. Pero sin alterar su reciedumbre ni parecer impostada en su intención, también podía sonar pícara, preceptora o solemne. Capaz incluso de embaucar (por ejemplo con A boy named Sue), agitar (con I got stripes o Cocaine Blues) o emocionar (con Green green grass of home o Greystone Chapel) a los presos de las penitenciarías estatales en las que actuó en varias ocasiones.

Johnny Cash, desde sus inicios en los estudios Sun de Sam Phillips en Memphis, cantaba con la calma natural de un árbol que tiende sus raíces en tierra dura y cubierta de polvo. Sin pensarlo, simplemente haciéndolo. Por necesidad e instinto. Cash construía sus canciones a fuerza de vida (y no de una vida fácil precisamente), y las compartía con prístina sinceridad.

Sin embargo, aún podía alcanzar un grado más de pureza. Entrado ya en sus sesenta, la corteza del árbol empezó a desprenderse en las sesiones producidas por Rick Rubin para American Recordings. Hasta que en 2002, visiblemente castigado por la enfermedad, Johnny Cash nos mostró el alma en toda su desnudez.

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Tom Doniphon, o el Cyrano de Shinbone

(John) Ford había escogido a Jimmy (Stewart) para el papel de héroe. Tenía a Andy Devine para el humor inteligente. Y a Lee Marvin como el llamativo villano y, mierda, yo sólo me paseaba por la película”.   (John Wayne sobre Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance, de acuerdo con Tras la pista de John Ford de Joseph McBride).

 

En 1962 Johny Wayne ya había dejado muy atrás su verdadero nombre (Marion Robert Morrison). Era una estrella indiscutible de Hollywood, actor de prestigio internacional e icono viviente. Había participado en más de cincuenta películas, protagonizado varias decenas de ellas y, por sus papeles en Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima de Allan Dwan, 1949) y El Álamo (The Alamo, dirigida por él mismo en 1960), aspiró al Óscar a Mejor Actor.

Sin embargo no tuvo reparos en aparcar otros proyectos para ponerse de nuevo a las órdenes de John Ford en un desafío a las concepciones cinematográficas modernas que exploraban nuevos caminos en cuanto a interpretación, técnica y vías narrativas: un western clásico rodado en sobrio blanco y negro, con un reparto de veteranos que ya implicaba entonces cierta nostalgia y cuyo argumento se desarrollaba principalmente en interiores iluminados de forma teatral.

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David Bowie Is: o los trajes deshabitados que me conmovieron

En mayo de 2017 llegó al Musseu del Disseny de Barcelona la muestra David Bowie Is.

Ya había hecho escala antes en otras ocho ciudades y alcanzado el hito de ser la producción más visitada en toda la historia del Victoria & Albert Museum de Londres. Hasta el 15 de octubre se pudo disfrutar en Barcelona de una inmensa colección de objetos directamente relacionados con David Bowie: instrumentos, partituras y letras manuscritas, portadas y fotografías, objetos personales, pinturas y, sobre todo, vestuario que el artista lució sobre el escenario en sus actuaciones. Parte de las piezas expuestas han quedado recogidas en un excepcional programa/catálogo llamado David Bowie Is Inside.

Aunque no es la idea de anaquelesabarrotados hablar desde la primera persona ni compartir de forma tan directa experiencias íntimas, siempre hay ocasiones, lugares, objetos o compañías especiales. Y cierto 10 de agosto (de 2017) la ocasión, el lugar, el objeto y (desde luego) la compañía, tenían ese carácter.

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Fin de año con Elvis Presley: propósitos y últimas oportunidades

Elvis Presley siempre manifestó su predilección por la Navidad entre otras celebraciones.

En esas fechas Elvis favorecía la reunión de su círculo más íntimo (aunque sabido es que nunca se distanciaba demasiado de él), cuidaba de la decoración de su mansión en Memphis y aseguraba la presencia de regalos en torno al árbol. Elvis también publicó dos álbumes de temática estrictamente navideña (“Elvis’ Christmas Album” para RCA en 1957 y “The wonderful world of Christmas” también para RCA en 1971), se prestaba a participar en delirantes montajes fotográficos para felicitaciones pergeñadas por el Coronel Tom Parker y, en ocasiones, la canción Blue Christmas se colaba en su repertorio en directo incluso en meses completamente ajenos a la Navidad.

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Soy Frank Bascombe… ¿y usted?

La cotidianeidad de un individuo pensante, inmerso en las contradicciones que distinguen a un país espacialmente inabarcable como Estados Unidos. Edward Hopper pintó su soledad resignada, Bruce Springsteen le ha puesto música y, de vez en cuando, los hermanos Coen son capaces de filmarla.

Richard Ford le ha dado la voz y el nombre de Frank Bascombe en una trilogía (que ya dejó de serlo) compuesta por El periodista deportivo (The sportswriter, 1986), El día de la Independencia (Independence Day, 1995), Acción de Gracias (The lay of the land, 2006) y el cuádruple epílogo Francamente Frank (Let me be Frank with you, 2014).

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Johnny Hallyday… Cruzando el paraíso

Tenía que ser un París otoñal el que despidiera a Johnny Hallyday.

En las copas recortadas de los árboles que flanquean la Avenue des Champs-Elysées, las hojas de arce lucían tonos marrones. Las aceras aún conservaban la humedad de la madrugada y reflejaban los pasos de quienes, ignorando el frío, salieron antes del amanecer en busca de sitio a lo largo de la avenida o en el entorno de la Église de La Madeleine. A las 11 de la mañana estaba prevista la llegada del cortejo fúnebre a la Place Charles DeGaulle (l’Étoile). No había de ser un funeral de Estado, pero casi. O quizá fuera algo más grande.

En junio de 1993 Johhny Hallyday atravesó la multitud caminando por el césped del Parc des Princes, para alcanzar el escenario donde celebraría su cincuenta aniversario con un show formidable. El ídolo pisaba el suelo a la misma altura que sus admiradores y entre ellos. Una verdadera osadía que puso a prueba a su equipo de seguridad.

Ayer volvió a hacerlo, escoltado por motocicletas policiales y un escuadrón de cientos de bikers con el corazón roto. Descendió, entre su público, a través de los Campos Elíseos. Johnny Hallyday se despedía, literalmente y de acuerdo con la mitología griega que los describe como el lugar donde los guerreros heroicos disfrutan de una existencia dichosa, cruzando el paraíso.

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Un mundo sin Johnny Hallyday

A tiempo real, vivimos la vida que otros no vivirán. Johnny et Sylvie (José Mº Sanz Loquillo/jaime Stinus, 2004), del álbum Arte y Ensayo.

Nada permanece, todo se desvanece…  para ti la vida que te lleva, para mi la vida que me quema. Cruzando el paraíso (José Mº Sanz Loquillo/Gabriel Sopeña, 2008), del álbum Balmoral.

Et maintenant que vais-je faire… maintenant que tu es partie. Et maintenant (Gilbert Bécaud, 1962)

 

Jean-Philippe Smet ha muerto en Paris a los 74 años. Parecía imposible. Se le ha llamado y considerado “héroe”, e incluso “dios”. La ocasión invita a hacer mucha poesía con su partida. Ya se está haciendo.

Jean-Philippe Smet nos ha dejado. Siempre nos quedará Johnny Hallyday.

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